Hay una fecha en el calendario argentino que no necesita feriado ni cadena nacional para convocar a millas de personas: es el 1° de agosto, el día en que el norte del país completo se detiene un instante para agradecer. No a un santo, no a una autoridad: a la tierra misma. Ese día arranca el Mes de la Pachamama, y durante las cuatro semanas siguientes, en pueblos y ciudades de Jujuy, Salta, Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero, miles de familias van a cavar un pozo en el suelo, van a arrodillarse frente a él, y le van a hablar a la tierra como se le habla a una madre.
Porque de eso se trata, literalmente. Pachamama es la unión de dos palabras quechuas: “pacha”, que significa tiempo, espacio, mundo, universo; y “mamá”, madre. Para los pueblos originarios andinos que habitaron el noroeste argentino mucho antes de que existiera la Argentina como la conocemos, la Pachamama no era un símbolo ni una alegoría poética de la naturaleza. Era, y sigue siendo para quienes conservan viva la tradición, una presencia real: la que da de comer, la que sostiene la cosecha, la que hay que cuidar porque de ella depende, literalmente, la vida.
La corpachada: darle de comer a quien nos da de comer
El corazón de esta celebración es un ritual que se llama corpachada, palabra que viene del quechua “corpachar”: alimentar, dar cuerpo, dar de comer a la tierra. Y es exactamente eso lo que ocurre cada 1° de agosto en millas de patios, chacras y plazas del norte argentino: se cava un pozo en la tierra, considerada la boca misma de la Pachamama, y ahí se depositan las ofrendas. Locro, humita, papines, hojas de coca, chicha, vino, tabaco, hierbas aromáticas, maíz. Todo lo que la tierra dio durante el año anterior, vuelve a ella, en un gesto que no tiene nada de simbólico para quien lo practica: es, literalmente, devolver.
Alrededor de ese pozo se reza, se agradece, se pide. Se pide salud para la familia, buen clima para la próxima siembra, trabajo, protección. Y en muchos pueblos del norte, ese ritual se acompaña de música, de coplas, de baguala, de danzas que se transmitieron de generación en generación por tradición oral, resistiendo siglos de intentos de borrarlas. Porque eso también es parte de la historia de la Pachamama: es una tradición que sobrevivió a la colonización, que se sincretizó con creencias católicas en algunos lugares, pero que jamás se dejó apagar del todo.
La caña con ruda: un ritual que cruzó el país de punta a punta
Junto a la corpachada, hay otra costumbre que muchos argentinos, incluso lejos del norte, siguen practicando cada primero de agosto: tomar caña con ruda en ayunas. Es una bebida que se prepara macerando hojas de ruda macho en aguardiente o caña blanca durante al menos una semana, y que la tradición popular asegura que “cura el espanto” y aleja las malas energías del invierno.
Curiosamente, este ritual no nació en los Andes sino en el litoral: es de origen guaraní, y llegó a instalarse con tanta fuerza en Corrientes y Misiones que terminó viajando por todo el país, hasta convertirse en un clásico del primero de agosto tan popular como la corpachada misma, aunque su origen sea completamente distinto. Es, en cierto modo, la prueba de que estas tradiciones no viven encapsuladas: se mezclan, se prestan, se hacen de todos.
Un mes entero para agradecer
Aunque el primero de agosto concentra el mayor peso simbólico y ritual, en gran parte del norte argentino la celebración no se agota en un solo día. Los homenajes a la Pachamama se extienden durante todo el mes de agosto, en distintas comunidades y con distintos calendarios propios, porque la lógica de esta tradición no es la de una fecha puntual en un almanaque, sino la de un ciclo: agosto marca, en la cosmovisión andina, el momento en que la tierra despierta después del descanso invernal y se prepara para un nuevo tiempo de siembra.
Ese ciclo tiene, además, un anclaje territorial profundo. La Quebrada de Humahuaca, en Jujuy, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es uno de los epicentros donde esta tradición se vive con mayor intensidad, y donde el turismo y lo ancestral hoy conviven: viajeros de todo el país y del mundo llegan hasta allí, cada agosto, no solo a fotografiar un paisaje sino a presenciar, y muchas veces a participar, de un ritual que tiene millas de años de historia viva.
Una tradición que sigue siendo, sobre todo, un vínculo.
Más allá del folclore, de las coplas y de los colores de las mantas que se despliegan alrededor de cada pozo, lo que sostiene a la celebración de la Pachamama es una idea que atraviesa generaciones: la tierra no es un recurso que se usa, es un ser vivo con el que se convive, al que hay que devolverle parte de lo que da. En un país que a veces parece mirar hacia afuera buscando referencias culturales, el Mes de la Pachamama recuerda algo mucho más simple y mucho más propio: que en el norte argentino, cada agosto, miles de familias se arrodillan frente a un pozo en la tierra y le agradecen, con la misma emoción y el mismo respeto de siempre, a la Madre que las sostiene desde antes de que existiera cualquier frontera.


Más Historias
La nueva Ley de Tierras bajo la lupa: el turismo argentino frente a un escenario de incertidumbre para las inversiones
El efecto León XIV: la visita papal que podría convertir a la Argentina en el gran destino de turismo religioso de 2026
Vacaciones de invierno 2026: qué dicen realmente los números detrás del informe de CAME