Hay trabajos que se hacen con el cuerpo, otros con la cabeza, y algunos con algo más difícil de nombrar: con la resistencia. Yo estuve casi veinte años como empleado público en el sector turismo y, si tuviera que resumir ese recorrido, diría que está hecho de entusiasmo, cansancio, orgullo, frustración, aprendizajes y una fe obstinada de que valió la pena seguir.
Entré con la idea de que el turismo podía transformar territorios, abrir puertas, darle valor a un lugar, poner en movimiento economías regionales pequeñas y también sueños grandes. Y es cierto. Lo vi. Vi destinos crecer, proyectos tomar forma, personas emocionarse al descubrir su propio lugar, equipos enteros trabajar con una entrega que no siempre aparece en los discursos. También vi que el turismo, cuando está bien pensado, puede ser una herramienta hermosa para ordenar, visibilizar y conectar.
Pero casi veinte años sirven para entender que la vocación, sola, no alcanza. Que el amor por el trabajo no paga cuentas, no reemplaza herramientas, no sostiene equipos ni resuelve la incertidumbre. Que muchas veces el trabajador público en turismo trabaja con pocos recursos, con presupuestos mínimos, con estructuras frágiles y con una sombra que nunca termina de irse: la de sentirse prescindible. Esa sensación, para quienes estuvimos dentro, pesa más de lo que se dice.
A lo largo de estas casi dos décadas pasé por distintas gestiones, distintos estilos, distintas promesas, distintas formas de contratación (precarias en todos los casos). Cambiaron los nombres, cambiaron los logos, cambiaron los discursos. Pero en demasiadas ocasiones se repitió la misma escena: se habla de turismo como motor económico, como identidad, como desarrollo, como futuro; y al mismo tiempo se deja a quienes lo sostienen en una especie de zona gris, donde la estabilidad es relativa, el reconocimiento es escaso y el esfuerzo parece darse por hecho.
Y sin embargo, ahí se sigue. Siguen quienes reciben al visitante con una sonrisa aunque estén agotados. Siguen quienes redactan, ordenan, coordinan, resuelven, improvisan, explican, contienen y vuelven a empezar. Siguen quienes conocen el territorio mejor que cualquiera porque lo han caminado, escuchado y trabajado durante años. Siguen quienes, aun con sueldo bajo, miedo y dudas, todavía creen que hacer bien las cosas importa.
Lo más triste no es solo la falta de recursos. Lo más triste es cuando el conocimiento acumulado no se valora, cuando la memoria institucional parece no importar, cuando una oficina pierde a alguien que sabía cómo resolver lo que no figura en ningún manual. Porque el turismo público no se construye solo con ideas brillantes ni con slogans; se construye con continuidad, con experiencia, con gente que conoce el terreno y que entiende que cada destino tiene tiempo, ritmo y complejidad.
Por eso este contenido también quiere ser una señal. Un llamado de atención. No para reclamar desde la queja vacía, sino para recordar algo elemental: no hay política turística sólida sin trabajadores sólidos. No hay promoción seria sin equipos cuidados. No hay destino sostenible si quienes lo sostienen viven en la precariedad emocional y material. No se puede pedir compromiso infinito a cambio de incertidumbre infinita.
A las autoridades habría que decirles, con calma pero con firmeza, que el turismo no se maneja solamente desde una oficina ni desde una conferencia de prensa. Se sostiene en la trinchera cotidiana de los trabajadores públicos que hacen que todo funcione, incluso cuando casi nada alcanza. Cuidar a esos equipos no es un gesto humanitario: es una decisión estratégica. Porque el Estado también se mide por la manera en que trata a quienes lo hacen funcionar, seguramente esto no se remite exclusivamente al área de turismo, en casi todas las áreas del estado se vive y vivió una situación igual o peor.
Y a quienes siguen peleándola dentro del sistema, les diría que no dejen que la costumbre les quite la sensibilidad. Que sigan trabajando con profesionalismo, sí, pero también con memoria. Que documenten lo que hacen. Que no minimicen su valor. Que no confundan silencio con resignación. Que recuerden que incluso en los contextos más duros, sostener la dignidad del trabajo ya es una forma de resistencia.
Yo sigo creyendo en el empleado público. Sigo creyendo en su capacidad de ordenar, de incluir, de desarrollar y de emocionar. Pero también creo que hay que decir la verdad: no alcanza con pedir pasión a quienes tienen tan poco. No alcanza con discursos bonitos sobre la importancia del turismo si adentro hay miedo, desgaste y salarios que no acompañan.
Después de casi veinte años como empleado público, ya no estoy ahí. Con más cicatrices que al principio, sí. Pero también con una certeza que no me abandona: el trabajo público en turismo tiene sentido. Y precisamente por eso merece ser cuidado, defendido y respetado. Porque detrás de cada destino que crece, casi siempre hay alguien que lo sostuvo en silencio durante mucho tiempo, y de eso uno no se arrepiente.


Más Historias
Colombia 2026: los 10 mejores destinos turísticos para una aventura inolvidable
El Gobierno dice impulsar el turismo interno, pero encarece el acceso a parques nacionales con subas de hasta 117%
Overtourism en América Latina: cuando el éxito turístico empieza a desbordar a los destinos