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Hay algo casi mágico en recibir una bandeja de comida caliente en pleno vuelo, a diez mil metros sobre el nivel del mar. Pero pocos pasajeros se detienen a pensar en el recorrido que hace ese plato antes de llegar a la mesa plegable. Detrás de esa aparente simpleza hay un engranaje de precisión que combina alta cocina, logística de nivel aeroespacial y un control de calidad que no deja nada librado al azar.
Todo empieza a metros de Ezeiza
La historia arranca a apenas 4 kilómetros del aeropuerto Ministro Pistarini, en la planta que Gate Gourmet tiene en la zona. Se trata de un complejo de 11.000 metros cuadrados que funciona con una prolijidad comparable a la de un centro de alta complejidad médica, y donde cada día se preparan cerca de 12.500 comidas destinadas a abastecer 45 vuelos, buena parte de ellos operados por Delta Air Lines.
La planta funciona como un ecosistema con dos circuitos que corren en paralelo: por un lado entran los ingredientes frescos, provistos por proveedores locales; por otro, llega la vajilla y el equipamiento que se importa desde el exterior a través de una zona franca. Coordinando ese universo está Giovana Masquito Catalani, a cargo del servicio a bordo de Delta para el catering en Sudamérica, cuya tarea es garantizar que las cocinas de cada ciudad repliquen al milímetro las especificaciones de la aerolínea, para que el resultado sea siempre consistente, seguro y con buen sabor, vuele donde vuele el avión.
La cocina, un reloj suizo
Puertas adentro, el proceso tiene la precisión de una operación quirúrgica. Las áreas de preelaboración, cocina caliente, cocina fría y pastelería trabajan de forma simultánea, siguiendo recetas pensadas al detalle: el punto justo de cocción, la temperatura exacta y hasta la posición en la que va cada elemento sobre el plato responden a un protocolo estricto. Una vez listos, los alimentos pasan a cámaras frigoríficas, siguen a la zona de emplatado, se sellan y se despachan hacia el avión, siempre resguardando la cadena de frío de punta a punta.
Cuando el avión despega, todo cambia
Lo curioso es que buena parte de ese trabajo minucioso en tierra se enfrenta, ya en el aire, a un fenómeno que pocos conocen: la altitud modifica la forma en que percibimos los sabores. La presión de cabina altera el olfato y la percepción de la salinidad de las comidas, motivo por el cual el equipo de Delta —liderado desde Atlanta por Kelly Dunlap, gerente de Operaciones a Bordo, y ejecutado en la región junto a Giovana— diseña los menús con pruebas de sabor pensadas específicamente para las condiciones del vuelo, y los sirve en vajilla uniforme y bandejas antideslizantes en toda la flota.
En clases como Delta Premium Select y Delta One, la carta se renueva cada tres meses e incorpora sabores regionales, con un sistema de preselección que ofrece once tipos de opciones —para pasajeros celíacos, menús infantiles o kosher, entre otras— algo que además ayuda a reducir el desperdicio de alimentos. La propuesta gastronómica se completa con una carta de vinos curada por la Master Sommelier Andrea Robinson, café de Starbucks y guiños locales, como los infaltables alfajores argentinos, que le ponen un sello de identidad al viaje.
Sustentabilidad también a 10.000 metros
El compromiso ambiental es otra pata de esta ingeniería silenciosa. La logística de a bordo eliminó los plásticos de un solo uso, reemplazándolos por vasos de papel, cubiertos biodegradables y envoltorios de cartón reciclado. Así, comer en pleno vuelo deja de ser apenas una pausa entre el despegue y el aterrizaje: se transforma en una parte más de la experiencia de viaje, resultado del trabajo conjunto entre quienes cocinan en tierra y quienes atienden en el aire.
La próxima vez que abras esa bandeja a diez mil metros de altura, vas a saber que detrás de cada bocado hay una planta entera trabajando como un reloj, a pocos minutos de Ezeiza.


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