Durante décadas, la ecuación del gasto turístico fue relativamente estable: la mayor parte del presupuesto de un viajero se destinaba a transporte y alojamiento, y el resto se repartía entre comida, compras y actividades. El Travel Report 2026 del Mastercard Economics Institute (MEI) muestra que, al menos en Brasil, esa lógica se invirtió: los turistas que visitan el país destinan hoy el 27,1% de su gasto a restaurantes y un 2,4% adicional a bares, lo que en conjunto representa cerca del 29,5% del gasto total, muy por encima del 17,8% que destinan al alojamiento.
Es un cambio de fondo, no un dato aislado. Y confirma algo que buena parte de la industria gastronómica y hotelera de la región viene sospechando desde hace tiempo: la comida dejó de ser un complemento del viaje para convertirse, en muchos casos, en la razón principal por la que se elige un destino.
De país de playas a potencia gastronómica
Que Brasil haya logrado este reposicionamiento no es casualidad. La consolidación de São Paulo como una de las capitales gastronómicas de América Latina, el crecimiento sostenido de la cocina regional brasileña —desde la comida bahiana hasta las propuestas contemporáneas de autor— y una estrategia de promoción que viene poniendo cada vez más el foco en la experiencia culinaria como diferencial turístico, explican en buena medida este giro. El resultado es un turista que llega dispuesto a gastar en una mesa tanto o más de lo que gasta en una habitación.
Qué le dice este dato a la Argentina y al resto de la región
El caso brasileño funciona como un espejo interesante para Argentina, un país cuya identidad gastronómica —el asado, el vino, la parrilla, la reciente explosión de la coctelería de autor y la vermutería porteña— tiene un potencial de atracción turística que todavía no está del todo capitalizado desde el punto de vista comercial. Si el visitante internacional está dispuesto a destinar casi un tercio de su presupuesto de viaje a comer y beber, la pregunta que se abre para la industria local es cómo transformar esa disposición a gastar en experiencias gastronómicas concretas, medibles y bien posicionadas en el mercado internacional.
El alojamiento no pierde relevancia, pero deja de ser el centro de la ecuación
Esto no significa que la hotelería pierda peso como negocio: sigue siendo, en términos absolutos, uno de los rubros más importantes del gasto turístico. Lo que cambia es su rol relativo dentro de la experiencia de viaje. Cada vez más, el alojamiento funciona como una base logística, mientras que la verdadera diferenciación de un destino —lo que el viajero cuenta cuando vuelve a su casa— pasa por lo que comió, dónde lo comió y con quién lo compartió.
Para la industria de la región, el mensaje del Travel Report 2026 es contundente: la gastronomía dejó de ser un anexo del turismo para convertirse en uno de sus principales motores económicos, y los destinos que entiendan esto antes que el resto tienen una ventaja competitiva concreta para los próximos años.


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