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7 agosto, 2026
Consejos para cuidar el ambiente, Cuidemos la Naturaleza cuando hacemos turismo

Viajar sin agotar el destino: ocho claves ambientales para un turismo que no se coma a sí mismo

El turismo mundial atraviesa una paradoja que ya no puede seguir disimulándose detrás de folletos con paisajes prístinos: la misma industria que vive de mostrar destinos hermosos es, según distintas mediciones internacionales, responsable de entre el 8% y el 8,8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. No es un dato menor. Significa que cada decisión de un viajero —qué medio de transporte elige, en qué época viaja, dónde se aloja, qué compra— tiene un correlato físico, medible, sobre el clima y sobre los ecosistemas que ese mismo viajero fue a conocer.
El fenómeno tiene nombre y ya no es una hipótesis lejana: se llama masificación turística, u overtourism, y describe la concentración de visitantes por encima de la capacidad de carga real de un destino. Cuando eso ocurre, el resultado no es solo la foto incómoda de una playa o una plaza abarrotada: es degradación de suelos, presión sobre el agua dulce, encarecimiento de la vivienda para los residentes y, en los casos más extremos, la pérdida irreversible de la biodiversidad que hizo célebre a ese lugar en primer término. Ciudades como Barcelona o Venecia, y también parajes naturales mucho más remotos —desde archipiélagos frágiles hasta rutas de expedición en la Antártida—, ya conviven con esta tensión.

El reciente 11.º Informe Anual de Viajes y Sustentabilidad de Booking.com, elaborado sobre 32.500 personas en 35 países —entre ellos la Argentina—, confirma que la conciencia del viajero está cambiando más rápido que sus hábitos: el 85% de los encuestados considera importante o muy importante viajar de forma sostenible, y el 69% dice querer dejar los lugares que visita en mejores condiciones que como los encontró. Sin embargo, el propio estudio revela la otra cara de la moneda: el 60% de los residentes de destinos turísticos percibe beneficios económicos claros —crecimiento, empleo, oferta cultural—, pero también identifica costos concretos, como la congestión del tránsito (40%), el aumento de residuos (37%) y el encarecimiento del costo de vida (31%).
Frente a ese diagnóstico, la pregunta profesional que corresponde hacerse no es si el turismo debe frenarse, sino cómo gestionarlo con criterio ecológico. Reducir impacto no significa cerrar destinos: significa gobernarlos mejor, distribuir la demanda, invertir en transporte de bajo carbono y devolver a las comunidades locales una parte genuina de lo que generan. Y en esa ecuación, el turista individual —lejos de ser un actor irrelevante— es la variable que más rápido puede modificarse. A continuación, ocho pautas fundamentadas para viajar reduciendo la huella ecológica sin renunciar a la experiencia.

1. Elegir destinos alternativos, no solo los que aparecen en el algoritmo
Visitar ciudades o atractivos menos conocidos —en lugar de sumarse siempre al puñado de sitios que colapsa cada temporada— permite distribuir mejor el flujo de visitantes y aliviar la presión sobre los ecosistemas y la infraestructura de los lugares más demandados. Esta descentralización no es solo una cortesía ambiental: genera ingresos económicos en comunidades que históricamente quedaron fuera del circuito turístico tradicional, y suele traducirse en experiencias más auténticas, con menor masificación y, muchas veces, a un costo más accesible para el propio viajero.

2. Viajar en temporada baja o media
Elegir fechas fuera de los períodos de mayor demanda no solo mejora la experiencia —menos filas, menos ruido, más contacto real con el lugar— sino que ayuda a desconcentrar la actividad turística a lo largo del año, reduciendo los picos de consumo de agua, energía y generación de residuos que suelen coincidir con la temporada alta. De hecho, uno de cada cuatro residentes de destinos turísticos considera que sus ciudades deberían incentivar activamente la llegada de visitantes en épocas alternativas, precisamente para amortiguar ese estrés estacional sobre los servicios locales.

3. Priorizar el transporte de menor huella de carbono
Este es, con diferencia, el punto de mayor impacto ambiental de cualquier viaje: distintas estimaciones sitúan al transporte como responsable de entre el 45% y el 50% del total de emisiones generadas durante unas vacaciones, muy por delante del alojamiento (en torno al 20%) y del consumo en destino. Un viaje internacional en avión puede duplicar la huella de un desplazamiento equivalente por tierra. Siempre que sea posible, optar por trenes o autobuses en distancias cortas y medias, compartir vehículo entre varios pasajeros, y reservar el avión para trayectos donde no existan alternativas razonables, es la decisión individual con mayor poder de reducción real.

4. Moverse en destino como lo hacen los habitantes locales
Caminar, usar bicicleta o recurrir al transporte público dentro de la ciudad o región visitada reduce directamente la huella de carbono del viaje y, al mismo tiempo, ofrece un contacto mucho más genuino con la vida cotidiana del lugar. Los traslados motorizados privados dentro de destinos ya congestionados —excursiones 4×4 fuera de pista, lanchas de alta velocidad, sobrevuelos innecesarios— multiplican tanto las emisiones como la presión física sobre suelos, costas y fauna silvestre, especialmente en áreas naturales protegidas o de alta sensibilidad ecológica.

5. Practicar un consumo responsable y de cercanía
Priorizar comercios familiares, mercados, artesanos y emprendimientos independientes frente a las cadenas globales asegura que una porción mayor del gasto turístico permanezca efectivamente en la economía local, en lugar de fugarse hacia corporaciones sin arraigo territorial. No es un dato anecdótico: cerca de la mitad de los viajeros encuestados a nivel global manifiesta intención de aumentar sus compras en comercios locales en sus próximos viajes, una tendencia que, sostenida en el tiempo, fortalece las cadenas productivas de proximidad y reduce el transporte de mercancías asociado al turismo.

6. Proteger activamente los entornos naturales visitados
Más de la mitad de los viajeros dice querer reducir la generación de residuos durante sus desplazamientos, y las herramientas para lograrlo son, en rigor, sencillas: usar botellas reutilizables, evitar plásticos de un solo uso, permanecer dentro de los senderos habilitados y respetar las distancias de seguridad con la flora y la fauna. En ecosistemas frágiles —humedales de altura, arrecifes, glaciares, bosques nativos— salirse de un sendero señalizado o alimentar animales silvestres puede provocar daños que tardan décadas en revertirse, mucho después de que la foto del viajero haya perdido vigencia.

7. Informarse y respetar la cultura de la comunidad anfitriona
Conocer previamente las costumbres, los códigos de vestimenta, las normas religiosas y las pautas fotográficas de cada destino no es un gesto simbólico: es la base de un turismo que no reduce a las comunidades locales a un decorado para el visitante. Aprender algunas palabras del idioma local, preguntar antes de fotografiar personas y respetar espacios sagrados o privados construye una convivencia de igual a igual, en contraste con dinámicas extractivas donde el residente termina percibiendo al turista como una fuente de fricción antes que de beneficio compartido.

8. Exigir —y elegir— operadores con compromisos ambientales verificables
El octavo consejo profesional excede la conducta individual del viajero durante el viaje: implica elegir, antes de reservar, aerolíneas, hoteles y operadores que reporten de forma transparente sus políticas de sostenibilidad, en lugar de limitarse a etiquetas genéricas de “eco” sin respaldo técnico. La nueva normativa europea contra el llamado greenwashing —que prohíbe las alegaciones ambientales sin pruebas verificables, con aplicación plena desde septiembre de 2026— es un indicio claro de hacia dónde se dirige la regulación del sector: hacia la exigencia de datos concretos, certificaciones auditables y compensación real de emisiones, no de promesas de marketing. Preguntar por esas certificaciones, o directamente aportar a proyectos de conservación y compensación de carbono verificados, traslada la responsabilidad ambiental también hacia la oferta, y no solo hacia la demanda.
El turista como agente de cambio, no como espectador
“Estos pasos que planteamos para ser un viajero sustentable son acciones simples que cualquiera puede adoptar. Al tomar decisiones más conscientes y responsables, los turistas pueden reducir su impacto en el planeta y en las comunidades locales, al mismo tiempo que contribuyen a que los destinos sigan siendo disfrutados por futuras generaciones”, señaló Jimena Gutiérrez, gerente general de Booking.com para Argentina, al presentar el informe que motivó buena parte de este análisis.
Vale la pena leer esa frase sin ingenuidad. Ningún gesto individual —una botella reutilizable, un tren en lugar de un vuelo corto— alcanza por sí solo para revertir una industria que representa más del 12% del PBI y del empleo en países como España y que puede explicar entre el 10% y el 15% de sus emisiones nacionales. La transformación real requiere gobernanza: mejor ferrocarril, límites de acceso en espacios frágiles, control de alojamientos informales, escalonamiento de visitas y reinversión efectiva de las tasas turísticas en conservación, vivienda y servicios públicos. Pero la suma de millones de decisiones individuales —las ocho que reúne esta nota— es, hoy, la palanca más rápida y disponible que tiene cualquier viajero para inclinar la balanza hacia un turismo que proteja, en lugar de erosionar, aquello que fue a admirar.

Porque, en definitiva, no existe destino turístico sin ecosistema que lo sostenga, ni experiencia de viaje que valga a costa de vaciar de recursos —y de sentido— al lugar que la hizo posible.

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