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22 septiembre, 2026
Agroturismo en Neuquén

De la chacra a la mesa: el agroturismo que está transformando la Confluencia neuquina en un destino para sentir con las manos

Hay una forma de conocer un territorio que no pasa por sacarle una foto desde la ventanilla del auto, sino por meter las manos en la tierra, cortar una fruta directo de la planta y sentarse a comer lo que se acaba de cosechar. Esa es, en pocas palabras, la promesa del agroturismo, y en la región de la Confluencia neuquina, entre Plottier, Centenario y los valles frutícolas que rodean a la capital provincial, esa promesa ya se puede vivir con nombre y apellido propio en varios establecimientos.

Un paisaje productivo que se volvió destino

La Confluencia es, desde hace más de un siglo, una de las zonas frutícolas más importantes de la Patagonia. Perales, manzanos, viñedos y quintas de verdura se extienden a lo largo de canales de riego que atraviesan un valle desértico transformado en oasis productivo gracias al trabajo agrícola. Durante décadas, ese paisaje fue solo el telón de fondo del trabajo rural. Hoy es, cada vez más, el protagonista de una propuesta turística propia.

El agroturismo no vende paisaje de manera pasiva: propone una experiencia activa. Caminar entre hileras de frutales, participar de una cosecha estacional, aprender el proceso detrás de una conserva casera o simplemente sentarse a la sombra de un parral con una picada de productos de estación son formas de turismo que reconectan al visitante con el origen de lo que come, algo que en las grandes ciudades se volvió casi una rareza.

Dos ejemplos de cómo se vive el agroturismo en la zona

En Plottier, Casa de Sabores propone una experiencia centrada en la cocina de estación: productos que salen directo de la huerta y se transforman a la vista del visitante en dulces, conservas o platos elaborados con identidad regional. Es el tipo de propuesta donde la mesa se convierte en el cierre natural de un recorrido productivo, y donde cada sabor tiene una historia de suelo y trabajo detrás.

En Centenario, Chacra Buena Vida ofrece otra cara de la misma moneda: el contacto directo con el trabajo de campo, con recorridos guiados que permiten entender de cerca los procesos productivos de la región, desde el manejo del agua de riego hasta las técnicas de cultivo que hicieron de este valle una de las zonas frutícolas más reconocidas del país.

Ambas propuestas comparten algo central en el agroturismo bien entendido: no se trata de mirar de afuera una actividad productiva, sino de participar de ella, aunque sea por unas horas, y volver a casa con algo más que fotos: con un producto cosechado con las propias manos, una receta aprendida en el momento o simplemente la sensación de haber entendido de dónde viene lo que llega a la mesa todos los días.

Experiencias que van más allá de la fruta

El agroturismo en la región no se agota en la fruticultura. La zona también ofrece recorridos por bodegas boutique, con degustación de vinos producidos en pequeña escala y maridajes pensados junto a productos locales; visitas a establecimientos ganaderos donde se puede participar de una jineteada o de una tarea de campo tradicional; y propuestas gastronómicas que ponen en el centro al asado de campo, la producción de dulces artesanales y los quesos de elaboración casera.

Para quienes viajan en familia, muchas de estas chacras suman actividades pensadas para los más chicos: dar de comer a los animales, participar de una cosecha simbólica o simplemente correr entre las hileras de árboles frutales, algo que pocas veces pueden hacer en el día a día urbano.

Por qué crece esta forma de viajar

El interés por el agroturismo responde a un cambio más amplio en la manera de viajar: cada vez más gente busca experiencias auténticas por sobre el turismo puramente contemplativo. Saber de dónde viene la comida, entender el trabajo detrás de cada producto regional y tener un contacto real con quienes producen la tierra se convirtió en un atractivo en sí mismo, tan válido como un mirador con buena vista o un museo con piezas históricas.

En un valle como el de la Confluencia, donde la producción frutícola definió la identidad económica y cultural de toda la región durante generaciones, el agroturismo funciona como una puerta de entrada perfecta: permite conocer no solo el paisaje, sino la historia productiva que lo hizo posible, con la ventaja adicional de que esa historia se puede saborear, tocar y hasta cosechar con las propias manos.

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