Hay destinos que se definen por una sola postal y otros que se resisten a encajar en una etiqueta. El Golfo San Matías, en la costa atlántica de Río Negro, pertenece claramente al segundo grupo. Aquí, la temporada baja no significa destino apagado: significa aguas transparentes, ballenas surcando el horizonte, cielos despejados de contaminación lumínica y una comunidad pesquera que vive su momento de mayor esplendor. Las localidades de Las Grutas, San Antonio Oeste y Puerto San Antonio Este conforman, en conjunto, uno de los circuitos más completos de la Patagonia norte para quienes buscan combinar aventura, naturaleza, gastronomía y —por supuesto— una pesca de altísimo nivel.
Un gigante que vuelve cada invierno
Entre junio y diciembre, las aguas templadas y resguardadas del golfo se convierten en zona de cría y descanso para la ballena franca austral, uno de los mamíferos marinos más majestuosos del planeta. A diferencia de Península Valdés, donde el avistaje ya es un clásico masivo, el Golfo San Matías ofrece la posibilidad de presenciar el mismo espectáculo con una escala más íntima y menos concurrida. Las excursiones náuticas que zarpan desde Las Grutas y desde Puerto San Antonio Este permiten aproximarse —siempre respetando los protocolos de avistaje responsable— a estos cetáceos de hasta 15 metros de largo, mientras a su alrededor se despliega una escena de fauna marina difícil de igualar: lobos marinos que toman sol sobre las rocas, delfines que escoltan las embarcaciones y una variedad de aves costeras que sobrevuelan permanentemente la línea de la costa.
Buceo en aguas de una transparencia inusual
Lo que pocos imaginan es que el invierno, lejos de ser un obstáculo, resulta la estación ideal para sumergirse en el golfo. El descenso de la temperatura reduce la turbidez del agua y multiplica la visibilidad, generando condiciones que muchos buzos experimentados comparan con las de destinos mucho más lejanos. La Cava Submarina y el Parque Submarino son los dos escenarios de referencia para quienes ya cuentan con experiencia, mientras que los centros de buceo de la zona ofrecen bautismos submarinos pensados para quienes se acercan por primera vez a este mundo. El resultado es una postal poco habitual: fondos marinos poblados de una biodiversidad sorprendente, a metros de una costa patagónica que muchos todavía asocian solo con viento y frío.
El cielo más despejado de la costa atlántica
Cuando el sol se oculta, la propuesta no termina: comienza otra. Gracias a la escasa contaminación lumínica que caracteriza a estas localidades, el Golfo San Matías se transforma en un mirador natural excepcional para el astroturismo. Estrellas, planetas y fenómenos astronómicos se aprecian con una nitidez que resulta difícil de encontrar en zonas más pobladas, convirtiendo cualquier noche despejada en una experiencia memorable, tanto para los amantes de la astronomía como para quienes simplemente buscan una caminata nocturna distinta.
Salinas, olivares y atardeceres de postal
El paisaje que rodea a estas localidades agrega otra capa de interés a la propuesta turística. Las Salinas del Gualicho son, sin dudas, uno de los puntos más fotografiados de la región: una llanura blanca e inmensa que se funde con el cielo y que ofrece, al caer la tarde, uno de los atardeceres más celebrados de toda la Patagonia. A pocos kilómetros, los olivares que consolidaron a esta zona de Río Negro como uno de los polos productores de aceite de oliva más relevantes de la provincia suman una alternativa de turismo rural y gastronómico, con visitas guiadas, degustaciones y una mirada distinta sobre la economía regional.
Para quienes prefieren un ritmo más pausado, las playas de Piedras Coloradas, en Las Grutas, y Las Conchillas, en Puerto San Antonio Este, se recorren sin las multitudes propias de enero y febrero. Son escenarios perfectos para una caminata larga, un mate compartido frente al mar o, simplemente, la contemplación de un horizonte que en esta época del año adquiere tonalidades particulares.
Sabores con identidad de costa
La propuesta gastronómica local acompaña —y en muchos casos protagoniza— la experiencia. Restaurantes y paradores de la zona apuestan por mariscos frescos, pescados de mar y platos que reflejan la identidad culinaria rionegrina, mientras que las tradicionales casas de té reciben a los visitantes con desayunos y meriendas artesanales, muchas veces con vista privilegiada al golfo. A esto se suma un circuito cultural en San Antonio Oeste, donde museos y el recorrido por la costanera permiten reconstruir la historia portuaria y marítima que moldeó a la región.
El pejerrey corno, la gran estrella de la temporada
Pero si hay un protagonista indiscutido en esta época del año, ese es el pejerrey corno —conocido entre los lugareños como manila—, que durante el invierno atraviesa uno de sus mejores momentos y convoca a pescadores de todo el país. La combinación de biodiversidad y restingas propias del Golfo San Matías permite obtener piezas de un porte que ya escasea en buena parte del litoral bonaerense, y eso alimenta cada año el prestigio de este destino entre los pescadores de costa más exigentes.
Entre los pesqueros más tradicionales se destaca La Rinconada, aunque el mapa de posibilidades es amplio: Bajada 1, Bajada 5, La Casita de Botellas, El Sótano y La Conchilla completan una lista de spots reconocidos por la calidad de sus capturas. La Lobería, sobre el canal del puerto, es otro de los puntos habituales, mientras que La Alcantarilla —un pesquero ubicado camino a Bahía Creek— viene consolidándose en las últimas temporadas como uno de los de mejor rendimiento. En todos los casos se trata de playas de arena y piedra, ideales para desplegar la técnica de pesca de costa.
La técnica: qué llevar y cómo pescar
Quienes se preparan para salir a buscar al corno suelen optar por cañas de entre 2,70 y 3,60 metros, con una potencia de 4 a 10 libras (equivalentes a entre 1,8 y 4,5 kilogramos aproximados), capaces de resistir la exigencia de dobletes o incluso tripletes cuando el cardumen aparece cerca de la orilla. Los reeles se cargan habitualmente con monofilamento de entre 0,18 y 0,25 milímetros, reforzado con un chicote de 0,35 milímetros que absorbe el esfuerzo de los lances más largos. La línea de tres anzuelos, sin boyas ni cebadores y equipada con rotores de estribo, es la configuración más utilizada por los pescadores locales.
En materia de carnada, la recomendación de los especialistas apunta al camarón pelado, teñido de amarillo y saborizado con aceite de bonito o caballa, un combo que resulta particularmente efectivo para esta especie. Los plomos suelen oscilar entre 70 y 90 gramos, y la clave del éxito pasa, sobre todo, por localizar el cardumen: los pejerreyes pueden estar alimentándose a metros de la orilla o, en otras jornadas, a más de 70 metros de distancia, lo que obliga a variar la estrategia de lance según el comportamiento del día.
Un destino para pescar, pero también para descubrir en familia
La gran virtud del Golfo San Matías es que no obliga a elegir. Mientras los más apasionados por la caña disfrutan de una de las mejores temporadas de pejerrey corno del país, el resto del grupo familiar tiene a mano un abanico que va del avistaje de ballenas al buceo, de las salinas al astroturismo, de los olivares a la gastronomía de mar. Esa combinación —poco frecuente en un mismo punto del mapa— convierte a las vacaciones de invierno en una oportunidad ideal para conocer uno de los rincones más singulares de la Patagonia, donde la pesca deportiva convive, sin fricciones, con experiencias que quedan grabadas mucho después de haber vuelto a casa.


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