Hubo un tiempo en que viajar por sabor significaba, sencillamente, reservar la mejor mesa de la ciudad. Ese tiempo quedó atrás. Hoy el viajero gastronómico no quiere sentarse a esperar el plato: quiere meter las manos en la tierra, subirse a una embarcación artesanal o aprender de un productor indígena por qué el cacao que sostiene en la palma tardó meses en llegar hasta ahí. Panamá lo entendió antes que muchos y armó, entre su capital y su Interior, un menú de experiencias que empieza mucho antes de que llegue la comida a la mesa.
El país centroamericano se consolida así como uno de los destinos gastronómicos más dinámicos de la región, apoyado en tres ingredientes que pocos territorios logran combinar con esta intensidad: biodiversidad, tradición culinaria y propuestas inmersivas que invitan a cosechar, cocinar, pescar y descubrir la historia detrás de cada bocado.
Una cocina que se cuenta en varios idiomas
Pocos países concentran tanta diversidad cultural, geográfica y biológica en un territorio tan compacto. En la cocina panameña conviven las herencias indígena, afrodescendiente, española y caribeña, fusionadas en platos que son, en el fondo, un mapa de encuentros. No es casualidad que la Ciudad de Panamá integre la Red de Ciudades Creativas de la Gastronomía de la Unesco desde 2017: la capital reúne más de 2.400 restaurantes y espacios gastronómicos, entre ellos varios reconocidos por la lista Latin America’s 50 Best Restaurants.
Esa herencia se sirve todos los días en algo tan simple como un plato de fonda. El sancocho —una sopa espesa de gallina con ñame, maíz y culantro— es el plato nacional, el que cualquier panameño recomienda primero, y el remedio infalible después de una celebración larga. Junto a él, la ropa vieja (carne de res desmenuzada y guisada con tomate, cebolla y ajo, servida con arroz y plátano maduro) y los patacones —tajadas de plátano verde fritas dos veces hasta quedar crocantes— completan la mesa cotidiana. En la costa, el protagonismo pasa al ceviche de pescado o mariscos marinado en limón, cebolla y culantro, mientras que en la calle conquistan las carimañolas, esas frituras de yuca rellenas de carne o queso que llevan la firma de la herencia afrocaribeña.
Café de altura, cacao con historia y pesca artesanal
El circuito más buscado por los visitantes arranca en las tierras altas de Chiriquí, donde las plantaciones de café Geisha —una de las variedades más premiadas del planeta y protagonista de ese café fuerte que acompaña cada desayuno panameño— abren sus puertas para que el viajero recorra el proceso productivo de punta a punta y converse con quienes lo cultivan, cosechan y tuestan.
A pocos kilómetros de ahí, distintas comunidades indígenas comenzaron a abrir sus propios procesos ancestrales de elaboración del cacao, permitiendo que los turistas participen del trabajo artesanal y entiendan su peso cultural, económico y ambiental. Y en el Pacífico panameño, embarcaciones artesanales suman a bordo a quienes quieren ver —y ayudar— cómo se pesca el mismo pescado que después termina, fresco, en un ceviche de mercado.
El plato como excusa para quedarse más tiempo
Detrás de la propuesta hay una lógica que va más allá del entretenimiento: cuando el visitante se involucra en el proceso productivo y cultural, permanece más tiempo en el destino, distribuye mejor su gasto y termina beneficiando de manera directa a productores, emprendedores y familias de distintas regiones del país.
La ecuación, en el fondo, es simple: ya no alcanza con probar un sancocho o una ropa vieja en un restaurante de Casco Viejo. El nuevo viajero quiere conocer a quienes los producen, entender la historia que los hizo posibles y, aunque sea por unos días, sentirse parte de ella. En Panamá, esa experiencia ya no es un plus: es el viaje mismo.


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