Hay una escena que la ficción centroamericana acaba de poner en pantalla y que la industria turística latinoamericana prefiere no discutir en sus balances anuales: el paraíso vendido a los visitantes no es el mismo que habitan quienes viven de —y para— ese paraíso. La coproducción entre Costa Rica, Uruguay y Colombia que llega ahora a las salas, centrada en una mujer que ve desmoronarse su vida en una zona turística exclusiva cuando el dinero que la sostenía deja de llegar, no es solo una historia íntima. Es, sin proponérselo del todo, un diagnóstico de algo que los informes de ocupación hotelera jamás miden: la fragilidad estructural que se esconde detrás de cada postal de playa perfecta.
No hace falta ver la película para reconocer el patrón. Cualquier corresponsal que haya recorrido zonas turísticas “exitosas” de la región sabe que ese brillo exterior —la villa frente al mar, el resort todo incluido, la costanera repavimentada para la temporada— convive con una economía paralela hecha de precariedad, estacionalidad y dependencia externa que rara vez entra en los discursos de promoción.
El espejismo de la prosperidad turística
El primer error de análisis, repetido en gran parte de la comunicación oficial y privada del sector en América Latina, es confundir afluencia de visitantes con desarrollo económico local. Un destino puede batir récords de llegadas y, al mismo tiempo, expulsar a sus propios habitantes de la vivienda, precarizar el empleo que genera y dejar la propiedad de la tierra costera en manos de capitales que no residen ni tributan en el lugar.
Esto no es una hipótesis literaria. Es el patrón documentado en zonas costeras de México, República Dominicana, el Caribe colombiano y buena parte del litoral centroamericano: el llamado turismo de enclave, donde los circuitos de gasto —desde la construcción hasta la compra de insumos— están diseñados para no derramarse sobre la economía local. El destino “vive del turismo” en el discurso, pero buena parte de su renta se fuga hacia fondos de inversión extranjeros, plataformas de reserva internacionales y propietarios que pasan allí apenas unas semanas al año.
La protagonista de la película encarna, sin buscarlo, esa misma lógica extractiva pero a escala doméstica: su bienestar depende enteramente de un flujo de dinero externo sobre el que no tiene ningún control ni capacidad de negociación. Es la metáfora perfecta de comunidades enteras que construyeron su subsistencia alrededor de un turista, una temporada, una inversión que puede desaparecer sin aviso.
Gentrificación costera: el otro nombre del “boom”
En Uruguay, el fenómeno tiene nombre propio en balnearios como José Ignacio o Punta del Este, donde el valor del suelo ha crecido tan por encima de los ingresos locales que buena parte de quienes trabajan en la temporada alta ya no pueden vivir cerca de su empleo. En Colombia, el patrón se repite en Cartagena, donde el centro histórico y las zonas costeras premium expulsan población hacia la periferia mientras la ciudad se presenta al mundo como destino de lujo. En Costa Rica, el mismo país donde transcurre la película, la expansión inmobiliaria vinculada al turismo en Guanacaste y la zona del Pacífico ha generado conflictos recurrentes por el acceso al agua, la tenencia de la tierra y el desplazamiento de comunidades costeras.
El patrón regional es consistente: cuanto más “exclusivo” se vuelve un destino, más excluyente se vuelve para quienes lo sostienen con su trabajo.
Dependencia externa: la vulnerabilidad que nadie pone en la vidriera
El segundo eje que la película toca sin nombrarlo explícitamente es la dependencia de capitales y decisiones tomadas fuera del territorio. Así como la protagonista depende de una pareja extranjera que un día simplemente deja de responder, los destinos turísticos de la región dependen de decisiones tomadas en Nueva York, Madrid o Miami: tipo de cambio, apetito de inversión, tendencias de las plataformas de reserva, percepción de seguridad. Ninguna de esas variables la controla el destino receptor.
Esa dependencia se traduce en una vulnerabilidad muy concreta: cuando el flujo cambia de dirección —una crisis cambiaria, una temporada floja, un cambio de moda en los circuitos internacionales— las comunidades que apostaron todo a la actividad turística no tienen a qué volver. Las economías que lograron diversificarse antes de depender del turismo resisten esos shocks; las que se monocultivaron alrededor de la actividad, no.
El costo ambiental que no figura en los folletos
A la fragilidad económica se suma la ambiental, silenciada con la misma eficacia que en el guion de la película se silencia la angustia de la protagonista frente a sus vecinos. La presión inmobiliaria sobre humedales, dunas y zonas de recarga de agua dulce; la sobreexplotación de acuíferos costeros para abastecer hoteles y piscinas en temporadas de sequía; la generación de residuos que las localidades pequeñas no tienen capacidad de procesar: todo eso queda fuera de la narrativa de “destino paradisíaco” que se vende en redes sociales y campañas de promoción.
Lo que la ficción logra que el discurso oficial evita
Que esta reflexión llegue empaquetada en una coproducción cinematográfica y no en un informe técnico dice algo sobre el estado del debate público en la región: cuesta menos incomodar desde la ficción que desde el análisis directo. Ninguna autoridad de turismo suele presentar en sus memorias anuales el costo social de la gentrificación costera, la precarización laboral estacional o la dependencia de capitales golondrina. Esos datos existen, pero rara vez se cruzan con las cifras de llegadas internacionales que cada país exhibe como trofeo.
La verdadera pregunta que deja este tipo de producciones no es qué le pasará a un personaje de ficción cuando se corte el flujo de dinero que sostenía su paraíso privado. Es qué le pasará a cada balneario, cada centro histórico, cada franja costera de América Latina que construyó su presente entero alrededor de una variable —el turista extranjero, la inversión externa, el ciclo favorable— que, tarde o temprano, también puede dejar de responder.


Más Historias
Bajo las estrellas y con wifi si querés: la guía definitiva para vivir la primavera al aire libre en Argentina y la región
Los secretos que construyeron una Nación: el mapa argentino de la masonería que se puede visitar
Cuando el hielo se rompe: la tragedia del Himalaya y la advertencia que Argentina no puede ignorar sobre sus propios glaciares