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18 septiembre, 2026
Forma de guitarra con árboles, que se ve desde vista aérea.

La guitarra que canta sin sonido: la historia de amor cordobesa que se puede ver desde el espacio

Hay historias de amor que se cuentan con palabras, y hay otras que se cuentan con árboles. En un campo perdido en la llanura cordobesa, a diecinueve kilómetros de General Levalle, existe una de esas historias que no necesitó ni una sola frase para quedar escrita para siempre: más de siete mil árboles, plantados uno por uno durante décadas, dibujan sobre la tierra la silueta perfecta de una guitarra gigante. Mide dos kilómetros y medio de largo. Solo se puede apreciar entera desde el aire. Y nació de una promesa que un hombre le hizo a su esposa después de perderla.

Un sueño que no alcanzó a cumplirse en vida

Todo empezó con Graciela Yraizoz, una mujer apasionada por la música que soñaba con transformar la estancia de su familia en un instrumento gigante, algo que pudiera verse y sentirse como una melodía hecha paisaje. La vida no le dio tiempo: falleció de manera repentina antes de poder concretar esa idea. Fue su esposo, el productor agropecuario Pedro Martín Ureta, quien decidió que ese sueño no iba a quedar enterrado junto con la pérdida. En 1979 empezó a plantar los primeros árboles, con sus propias manos y sin ningún tipo de asistencia técnica externa.

No hubo paisajista, ni topógrafo, ni tecnología satelital que lo ayudara a trazar las proporciones exactas de una guitarra de semejante escala. Ureta calculó cada medida a puro ojo y sentido común, y para marcar dónde debía ir cada curva del instrumento, usó algo todavía más entrañable: puso a sus propios hijos como puntos de referencia humanos sobre el terreno, caminando la silueta del cuerpo, la boca, el mástil y las cuerdas antes de que un solo árbol tocara la tierra.

Una obra que le llevó más de cinco años y un clima que no la hizo fácil

Construir un instrumento musical con vegetación viva no es una tarea que se resuelva en una temporada. La forestación completa demandó más de cinco años de trabajo constante, con Ureta y sus hijos volviendo una y otra vez al campo para sostener el proyecto contra un enemigo mucho más persistente que el cansancio: el clima cordobés. Sequías intensas y plagas de liebres obligaron a resembrar especies en reiteradas ocasiones, en una lucha silenciosa que pocos vecinos de la zona conocían en su momento.

El resultado final es una paleta de verdes cuidadosamente pensada. Los contornos exteriores están formados por cipreses californianos, que le dan a la silueta un tono oscuro y definido. Las seis cuerdas que cruzan el mástil son hileras de eucaliptos medicinales azulados, una especie elegida tanto por su color distintivo como por su capacidad de resistencia. El puente del instrumento y una estrella decorativa que corona el diseño están trazados con pinos cipreses de piña. Visto desde el cielo, el conjunto genera un contraste de texturas y tonalidades que parece más un cuadro pintado que un bosque plantado por una sola familia.

El destino no le permitió verla terminada desde el cielo

Acá aparece el capítulo más agridulce de esta historia. Ureta falleció en 2019, sin llegar nunca a contemplar su obra completa desde el aire, la única perspectiva desde la que la guitarra realmente se revela en toda su magnitud. La razón fue tan humana como conmovedora: sufría un temor intenso a volar, así que durante toda su vida solo pudo apreciar su creación caminando entre los árboles, a nivel del suelo, sin ver jamás la figura completa que él mismo había dibujado sobre la tierra.

Fue el mundo, y no él, quien primero vio la guitarra en su totalidad. En 2007, el instrumento satelital Terra de la NASA logró captar una imagen nítida de la silueta desde el espacio, convirtiendo sin querer a un campo de la llanura cordobesa en una de las curiosidades geográficas más comentadas del país. Hoy, cualquier persona con acceso a herramientas de mapeo satelital puede ubicar las coordenadas exactas y observar, sin moverse de su casa, lo que su creador nunca pudo ver con sus propios ojos.

Un legado que hoy cuidan sus herederos

Después de la muerte de Ureta, la responsabilidad de sostener este monumento natural quedó en manos de sus hijos, quienes custodian con orgullo lo que se convirtió en mucho más que un capricho agropecuario: es la prueba física de que el amor, cuando se empeña en persistir, puede tomar formas tan inesperadas como un bosque con forma de instrumento musical.

Para los pasajeros de vuelos comerciales que sobrevuelan la zona, la guitarra de General Levalle se transformó en un punto de referencia inconfundible en medio de la monotonía de la llanura pampeana. Para quienes se acercan por tierra, dentro de los límites de la Estancia La Guitarra, la experiencia es distinta: caminar entre esas hileras de cipreses y eucaliptos sin poder apreciar del todo la figura que forman, tal como le pasó durante toda su vida al hombre que los plantó, agrega una capa de emoción que ninguna fotografía aérea puede replicar del todo.

Pocas obras de arte natural en el mundo combinan de forma tan directa la escala monumental con una historia personal tan íntima. La guitarra de Córdoba no fue pensada para el turismo ni para las redes sociales que hoy la viralizan: nació de un duelo, se sostuvo con terquedad familiar durante más de cuarenta años, y terminó convirtiéndose en uno de esos lugares que recuerdan por qué, a veces, los monumentos más conmovedores no los levanta un gobierno ni una institución, sino una sola persona decidida a que el amor de su vida no se quedara sin partitura.

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