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27 octubre, 2026
Avión de Flybondi

Flybondi, al borde de la quiebra: qué pierde el turismo argentino cuando una low cost deja de volar

La compañía que durante años fue una de las caras visibles de la expansión del transporte aéreo de bajo costo lleva semanas sin operar, pidió el concurso preventivo y acumula reclamos de pasajeros, trabajadores, organismos públicos y proveedores. El problema va mucho más allá de una aerolínea: hay destinos que pierden conectividad, pasajeros que todavía esperan respuestas y un mercado doméstico cada vez más concentrado.

Durante años, Flybondi fue asociada a una idea sencilla: que viajar en avión dejara de ser un privilegio reservado para unos pocos. Tarifas económicas, nuevas rutas y conexiones con distintas provincias ayudaron a instalar esa promesa y, durante un tiempo, la empresa se convirtió en una pieza importante del mapa aerocomercial argentino.

Hoy la situación es muy distinta.

La compañía lleva 57 días sin operar vuelos, mantiene apenas tres aeronaves en el país y presentó ante la Justicia Comercial un pedido de concurso preventivo de acreedores. El objetivo es ganar tiempo, ordenar sus compromisos financieros y buscar una salida que le permita continuar con sus operaciones.

El problema es que, mientras se discute el futuro empresarial de Flybondi, hay otra realidad que ya está golpeando al turismo.

Pasajeros que no pudieron viajar. Reintegros que todavía no llegaron. Trabajadores desvinculados. Hoteles y prestadores que dependen de la llegada de turistas. Destinos que perdieron vuelos. Y una temporada de verano que se acerca con menos opciones de conectividad.

Para una actividad como el turismo, donde una ruta aérea puede cambiar por completo el movimiento de una ciudad, no se trata de un asunto menor.

Qué significa realmente el concurso preventivo

El concurso preventivo no es sinónimo de quiebra.

Se trata de una herramienta prevista por la legislación argentina para que una empresa que atraviesa dificultades económicas pueda reorganizar sus deudas y negociar con sus acreedores bajo supervisión judicial. El procedimiento puede incluir nuevos plazos de pago, quitas y otras alternativas para intentar sostener la actividad.

Pero tampoco es una garantía de continuidad.

Si las negociaciones no prosperan o la compañía no consigue demostrar que puede sostenerse, el proceso puede terminar derivando en una quiebra.

El pedido de Flybondi tramita ante el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Comercial N.º 24, que deberá resolver si corresponde abrir formalmente el concurso.

Desde la empresa sostienen que existe voluntad de recuperar las operaciones y atender la situación de los pasajeros afectados. El escenario actual, sin embargo, muestra una fotografía bastante más complicada: buena parte de la flota fue devuelta a las compañías de leasing y la página web de la aerolínea viene registrando problemas.

El deterioro no ocurrió de un día para otro

La crisis de Flybondi no apareció de repente.

Durante los primeros meses del año, la compañía llegó a operar con apenas uno o dos aviones y las cancelaciones comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes. En julio, después de permanecer casi dos semanas sin vuelos, intentó recuperar parcialmente la actividad con dos aeronaves.

El regreso fue muy limitado.

En una de esas jornadas tenía 15 vuelos programados y terminó cancelando 12. Para los pasajeros, cada cancelación significaba buscar alternativas de último momento. Para los destinos turísticos, significaba algo más: menos visitantes y más incertidumbre.

El último vuelo registrado fue entre Bariloche y Ezeiza, a comienzos de agosto. Desde entonces, la actividad quedó prácticamente paralizada.

La flota pasó de 13 aviones a solamente tres y entre 700 y 900 trabajadores dejaron la compañía, de acuerdo con distintas estimaciones, mediante despidos y retiros voluntarios. En varios casos, además, todavía existen pagos pendientes.

Una deuda que todavía no tiene una cifra definitiva

Hablar de la deuda de Flybondi no es sencillo porque las cifras varían según qué reclamos se incorporen al cálculo.

Las ejecuciones fiscales que se hicieron públicas superan los 6.600 millones de pesos. Otros cálculos, que consideran únicamente reclamos y embargos identificados, ubican el monto entre los 4.000 y los 4.600 millones.

La cifra definitiva surgirá cuando avance la verificación de créditos dentro del proceso judicial.

Lo que sí se conoce es la variedad de acreedores que reclaman dinero.

El organismo recaudador y la autoridad aeronáutica embargaron cuentas por alrededor de 1.500 millones de pesos cada uno. La autoridad aeronáutica reclama, además, otros 1.464 millones correspondientes a seis facturas impagas vinculadas con tasas de seguridad aeroportuaria, con vencimientos entre marzo y agosto.

A esto se suman 27 cheques rechazados por más de 2.900 millones de pesos, un reclamo de aproximadamente 660 millones presentado por un hotel céntrico de Buenos Aires y deudas con empresas que prestan servicios de rampa y traslado de pasajeros entre Aeroparque y Ezeiza.

También existe, al menos, un pedido de quiebra presentado por una empresa vinculada al suministro de repuestos.

La lista ayuda a dimensionar el problema. No se trata solamente de una compañía que dejó de vender pasajes. Hay una cadena de empresas y trabajadores que también quedaron atrapados en la crisis.

Casi 383.000 pasajeros afectados

Pero si hay un número que permite entender la dimensión humana del conflicto es el de los pasajeros.

Un relevamiento especializado calcula que durante el año fueron cancelados alrededor de 2.400 vuelos, afectando a unos 383.000 pasajeros.

Detrás de esa cifra hay historias muy concretas: personas que tenían vacaciones programadas, familias que debían trasladarse, pasajeros que tenían conexiones, trabajadores que necesitaban llegar a otra ciudad y turistas que habían reservado hoteles, excursiones y otros servicios.

Los reintegros también se convirtieron en uno de los principales reclamos. Las estimaciones sobre el dinero pendiente rondan los 19 millones de dólares.

Un ejemplo ocurrido en julio permite imaginar la dimensión del problema. De los 28 vuelos que Flybondi tenía programados entre Buenos Aires y Mendoza, solamente concretó cuatro. Cerca de 4.000 pasajeros quedaron sin viajar durante las vacaciones de invierno.

Para quienes esperan recuperar su dinero, el concurso preventivo agrega otra dificultad: deberán presentarse como acreedores dentro del proceso y esperar que sus créditos sean reconocidos.

Cuando desaparece una ruta, el problema llega mucho más lejos que el aeropuerto

El impacto turístico de la crisis se entiende mejor mirando el mapa.

En su etapa de mayor expansión, Flybondi llegó a operar 17 destinos domésticos. Bariloche, Mendoza, Iguazú, Salta, Jujuy, Tucumán, Neuquén, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia, El Calafate y Ushuaia formaban parte de una red que también tenía conexiones desde Córdoba hacia distintos puntos del país.

Ese último aspecto era especialmente importante.

Argentina tiene un sistema aéreo históricamente concentrado en Buenos Aires. Las rutas que permiten unir provincias entre sí, sin pasar por el Área Metropolitana, tienen un valor enorme para el turismo.

Cuando desaparecen, el viajero muchas veces tiene que modificar todo el recorrido. Puede terminar viajando por tierra, pagando más, haciendo una conexión adicional o directamente descartando el viaje.

Y eso termina afectando a hoteles, restaurantes, agencias de viajes, excursiones, comercios y trabajadores locales.

Bariloche, uno de los casos más visibles

Bariloche es probablemente uno de los mejores ejemplos.

Un año atrás, Flybondi había anunciado que aumentaría de 21 a 35 los vuelos semanales desde Buenos Aires y proyectaba una temporada de verano récord.

El escenario cambió por completo.

El sector turístico de la ciudad cuestionó la situación de los pasajeros que quedaron varados y reclamó controles más estrictos sobre las empresas que continúan comercializando vuelos cuando su capacidad operativa está seriamente comprometida.

Hay una cuestión especialmente sensible para quienes trabajan en turismo: la confianza.

Cuando una persona compra un pasaje, muchas veces también está pagando un hotel, alquilando un auto, contratando una excursión o armando unas vacaciones familiares alrededor de esa fecha. Si el vuelo falla, no siempre pierde únicamente el dinero del pasaje.

Puede perder todo el viaje.

Iguazú, San Juan y otros destinos también sienten el impacto

Misiones tuvo otro problema. La ruta entre Lima e Iguazú, pensada como una alternativa para captar turismo internacional sin depender de Buenos Aires, duró apenas unos meses.

En San Juan, empresarios turísticos señalaron que la falta de vuelos puede provocar que viajeros corporativos y asistentes a eventos terminen alojándose en Mendoza, simplemente porque allí encuentran una oferta aérea más amplia.

El problema también cruzó las fronteras.

En Brasil, la autoridad aeronáutica restringió la comercialización de pasajes hacia distintos destinos que Flybondi había anunciado para la temporada de verano. Posteriormente también alcanzó a la ruta hacia Río de Janeiro.

Los números fueron contundentes: entre el 1 y el 27 de julio, la empresa canceló el 79% de sus vuelos hacia Brasil.

Para un destino turístico, semejante nivel de irregularidad hace prácticamente imposible planificar una temporada con normalidad.

El mercado aéreo quedó más concentrado

Hay otra consecuencia que merece atención.

La crisis de Flybondi modificó rápidamente el reparto del mercado doméstico.

En mayo, su participación había caído del 16% al 6%. La compañía transportó entonces 70.863 pasajeros, frente a los 205.536 que había registrado un año antes.

En julio, su presencia fue todavía menor: alrededor del 1% del mercado, con apenas 133 vuelos de cabotaje, un 92% menos que doce meses atrás.

El espacio que dejó Flybondi fue ocupado principalmente por Aerolíneas Argentinas y JetSMART.

Entre ambas concentraron en julio cerca del 97% de los pasajeros de cabotaje: aproximadamente 69% para Aerolíneas Argentinas y 28% para JetSMART.

Pero hay un dato que llama la atención.

Las dos compañías sumaron alrededor de 140.000 pasajeros adicionales respecto del año anterior, mientras Flybondi perdió aproximadamente 250.000.

La diferencia no desapareció mágicamente. Una parte se explica por la caída general de la demanda, pero otra indica algo bastante evidente: hubo pasajeros que, directamente, dejaron de viajar.

Además, las empresas que continúan operando ya tienen niveles de ocupación elevados, cercanos al 84%. Por eso no resulta sencillo reemplazar de un día para otro toda la capacidad que desapareció.

La paradoja de los cielos abiertos

Aquí aparece una discusión que va más allá del futuro de Flybondi.

La apertura del mercado aerocomercial fue presentada como una forma de aumentar la competencia, ampliar la oferta y generar más alternativas para los pasajeros.

La presencia de compañías low cost tuvo un papel importante en ese proceso.

Pero si una de las principales alternativas desaparece después de atravesar una crisis de esta magnitud, el mercado termina más concentrado.

Y eso genera una paradoja.

Más competencia puede significar mejores precios y más conectividad. Pero para que esa competencia sea sostenible tiene que existir también una estructura empresarial capaz de mantener los vuelos, responder a los pasajeros y cumplir con sus obligaciones.

Un pasaje barato sirve de poco si el avión no despega.

¿Los controles llegaron demasiado tarde?

Es una de las preguntas que quedan abiertas.

Las multas aplicadas por la autoridad aeronáutica acumulaban unos 54,7 millones de pesos correspondientes a 38 actuaciones. Además, había otros 22 sumarios abiertos que podían derivar en sanciones superiores a los 450 millones.

Frente a los casi 383.000 pasajeros afectados que se estiman, las cifras llaman la atención.

En Bariloche, incluso, una provincia sancionó a la compañía por las cancelaciones. También hubo pedidos para que sus directivos explicaran ante el Congreso cuál era el plan de contingencia.

Mientras tanto, la venta de pasajes continuaba.

Las agencias de viajes de Mendoza también reclamaron intervención ante el volumen de cancelaciones.

En Brasil, las autoridades tomaron medidas sobre la comercialización antes de que se adoptaran decisiones similares en Argentina.

Para el turismo, esa diferencia de tiempos no es un detalle administrativo. La actividad necesita previsibilidad. Una agencia no puede vender tranquilamente un paquete si no sabe si el pasajero podrá llegar. Un hotel tampoco puede organizar su temporada sobre una conectividad que cambia semana a semana.

¿Qué puede hacer una persona que todavía tiene un pasaje?

Quienes tengan una reserva con Flybondi deberían guardar absolutamente toda la documentación vinculada con la compra: comprobantes, correos electrónicos, mensajes, números de reserva y constancias de cancelación.

También pueden presentar el reclamo correspondiente ante los organismos de defensa del consumidor y utilizar los canales de atención previstos para pasajeros aéreos.

En los casos en que el pago se haya realizado con tarjeta, también puede ser conveniente consultar con la entidad emisora si corresponde iniciar un reclamo o gestionar un contracargo.

Y hay una recomendación bastante sencilla: antes de realizar una nueva compra, conviene verificar primero cuál es la situación operativa real de la compañía.

Con el verano cada vez más cerca, improvisar unas vacaciones puede terminar saliendo muy caro.

Lo que viene para Flybondi y para el turismo argentino

El primer paso será judicial. El juez deberá decidir si abre formalmente el concurso preventivo. Después llegará la etapa de verificación de los créditos, las negociaciones con los acreedores y, eventualmente, una propuesta para intentar sostener la empresa.

Pero todavía nadie puede asegurar que Flybondi vuelva a volar.

Y esa incertidumbre ya tiene consecuencias.

Si la compañía no logra recuperarse, Argentina perderá a uno de sus principales operadores históricos del segmento low cost. No será solamente una cuestión empresarial. Habrá que preguntarse qué ocurrirá con las rutas que quedan vacantes y quién tendrá capacidad para cubrirlas.

Para los destinos turísticos, la situación deja una enseñanza bastante incómoda.

No alcanza con anunciar una ruta, promocionar tarifas económicas o hablar de conectividad. Una ruta aérea es realmente útil cuando el avión está disponible, los vuelos se cumplen y el pasajero puede confiar en que llegará a destino.

Eso es conectividad.

Y hoy hay varias ciudades argentinas que están mirando el mapa de rutas, haciendo cuentas y esperando saber quién ocupará los lugares que Flybondi dejó vacíos.

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