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4 agosto, 2026
Visitas a Viñedos recorriendo en bicicleta

De las yungas salteñas a los viñedos entrerrianos: cinco rincones del interior que están reinventando las vacaciones de invierno

Hay un tipo de viaje que no aparece en las grandes campañas de promoción turística y que, sin embargo, se está volviendo cada vez más buscado: el que te lleva a pisar tierra, entender cómo se produce lo que comés y cruzar un par de palabras con la gente que vive de esa tierra. Con el invierno como excusa, cinco propuestas repartidas entre Salta, Mendoza y Entre Ríos muestran que el turismo rural argentino ya dejó de ser una curiosidad de nicho para convertirse en una alternativa concreta de escapada.

Yariguarenda, el monte salteño que se recorre despacio

En el norte de Salta, la comunidad guaraní Yariguarenda abrió su territorio a quienes quieran conocerlo de verdad, no de paso. La propuesta combina senderos interpretativos entre las yungas, observación de aves y actividades apícolas, todo guiado por integrantes de la propia comunidad, que comparten su cosmovisión y su relación con el monte de generación en generación.

No es una excursión pensada para tildar destinos en una lista. Es una invitación a bajar el ritmo y escuchar, algo cada vez más difícil de encontrar en el mapa turístico tradicional.

Agrelo-Perdriel, cuando el vino se convierte en circuito

En Mendoza, el corredor agroturístico que une Agrelo y Perdriel se ganó un lugar propio dentro de la oferta de Luján de Cuyo. Bodegas históricas, olivares, fincas familiares y espacios patrimoniales conviven ahí con propuestas gastronómicas que van mucho más allá de la típica degustación de fin de semana.

Rodrigo Espíndola, referente de Turismo Rural del INTA Mendoza, lo describe como uno de los ejemplos más claros de cómo el agroturismo puede ampliar la oferta tradicional de una provincia que ya es sinónimo de vino: explotaciones con historia productiva propia, muchas de ellas incorporadas recién en los últimos años a los circuitos turísticos formales.

Dentro de ese corredor sobresale la Bodega Vinorum Altieri Wines, en Perdriel, que suma a la visita guiada un recorrido por el Museo de la Cultura del Vino, con más de 3.000 piezas dedicadas a la historia vitivinícola regional. La bodega genera parte de su energía con paneles solares y trabaja en conjunto con escuelas técnicas de la zona, una combinación de patrimonio y sustentabilidad poco habitual en un solo lugar.

Wine and Ride, Luján de Cuyo a otro ritmo

También en Mendoza, pero con las piernas en vez del auto, Wine and Ride propone recorrer los paisajes vitivinícolas de Luján de Cuyo en bicicleta. Los circuitos guiados conectan bodegas de perfiles bien distintos, desde las más tradicionales hasta emprendimientos orgánicos y sustentables, y permiten algo que ningún combi turístico ofrece: ver de cerca el manejo del agua en la viña, entender los tiempos de la producción según la época del año, sentir el terreno bajo las ruedas.

Es turismo lento en el sentido más literal de la palabra, y probablemente una de las formas más honestas de conocer el paisaje vitivinícola mendocino.

Entre Ríos, la provincia que redescubre su propia historia del vino

Pocos lo recuerdan, pero Entre Ríos tuvo en algún momento una tradición vitivinícola de peso. Hoy esa historia vuelve a tomar forma a través de emprendimientos familiares como Finca Los Bayos, en Urdinarrain, donde la elaboración de vinos convive con el cultivo de nuez pecán y recorridos productivos que terminan en degustaciones de productos regionales.

Un poco más al sur, entre Villa Elisa y Villaguay, la Bodega Artesanal 5 Ceibos apuesta a una experiencia más integral: visitas guiadas y degustaciones que se combinan con música, literatura, gastronomía y hasta observación astronómica. Una manera de convertir la bodega en punto de encuentro cultural, no solo en parada de paladar.

Un modelo que crece desde el territorio

Detrás de estas cinco experiencias hay algo más que atractivos turísticos sueltos: hay productores, comunidades y pequeños emprendimientos que encontraron en el turismo rural una forma de diversificar ingresos sin resignar su identidad productiva. Según explica Espíndola, la actividad les permite complementar la economía de sus establecimientos agropecuarios mientras acercan a los visitantes a la historia, la cultura y el trabajo real de cada territorio.

El denominador común, más allá de las diferencias entre el monte salteño y los viñedos de Cuyo o Entre Ríos, es ese objetivo compartido: poner en valor los saberes, las producciones y las identidades locales. Y de paso, tender un puente entre la vida urbana y los procesos productivos que casi siempre quedan fuera de la postal turística tradicional.

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