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27 octubre, 2026
Foto aérea de Mar del Plata

La Costa Atlántica se apaga: en pleno Congreso, el sector admitió que viene la peor temporada de la historia de Mar del Plata, mientras los argentinos eligen gastar sus vacaciones en Uruguay

Esta semana, representantes del sector turístico y gastronómico expusieron en la Cámara de Diputados un diagnóstico que ya no admite matices: la temporada 2027 en la Costa Atlántica se perfila, otra vez, “muy difícil”. No es una percepción aislada ni un discurso sectorial exagerado. Los números oficiales y los relevamientos privados confirman, mes tras mes, el mismo patrón de deterioro. Y mientras eso ocurre de este lado del Río de la Plata, Uruguay celebra una de sus mejores temporadas en una década, impulsada, paradójicamente, por los mismos argentinos que antes elegían Mar del Plata.

Hay crisis que se anuncian de golpe y crisis que se construyen, mes a mes, hasta volverse estructurales. La que atraviesa Mar del Plata pertenece claramente al segundo grupo. Esta semana, referentes empresariales del sector hotelero, gastronómico y de balnearios expusieron ante la comisión de Turismo de la Cámara de Diputados de la Nación un panorama que vienen repitiendo, con matices, desde hace casi dos años: la actividad no repunta, los costos no bajan, y la temporada que se viene luce, una vez más, complicada.

Lo que se dijo en el Congreso, sin vueltas

El titular de la Cámara de Empresarios de Balnearios, Restaurantes y Afines (CEBRA), Nelson Díaz Aguirre, fue directo al describir el presente del sector: habló de una rentabilidad al límite y de una preventa que, hasta el momento, solo generó consultas, sin operaciones concretadas. Pidió, además, alguna forma de alivio en la carga impositiva que calificó como excesiva para el nivel de actividad actual.

El titular de la Asociación Empresaria Hotelera Gastronómica (AEHG), Hernán Szkrohal, eligió otro ángulo para describir el mismo problema. En lugar de hablar de porcentajes de ocupación, prefirió hablar de las familias que durante décadas sostuvieron hoteles, parrillas y confiterías con trabajo propio, y que hoy ven cómo esa estructura se desarma delante de sus ojos. Fue categórico al calificar la situación como extremadamente compleja, y remarcó que son justamente los hoteles más chicos, los de una y dos estrellas, los que no tienen espalda financiera para sostener un nuevo año en rojo. También describió algo que suele pasar inadvertido en las estadísticas generales: no se trata solo de que suban los costos, sino de que cae el consumo real, con menos gente en las mesas, tickets más chicos y clientes que antes iban todas las semanas y hoy van una vez al mes.

Los números detrás del diagnóstico

Lo llamativo de esta discusión no es que un sector reclame por su propia situación, algo que cualquier industria hace en algún momento. Lo llamativo es que, en este caso, cada alerta empresarial tiene su correlato exacto en las estadísticas oficiales y en los relevamientos académicos.

La temporada de verano 2025-2026 cerró con 3.141.427 turistas en Mar del Plata, una caída cercana al 3,7% respecto del verano anterior, y con una ocupación hotelera promedio de apenas 50,7%, muy por debajo de los niveles históricos de la ciudad. Las vacaciones de invierno siguientes no trajeron ningún alivio: la actividad volvió a caer, esta vez cerca de un 12%, consolidando lo que distintos informes ya describieron como el peor invierno turístico desde la pandemia. En paralelo, un relevamiento de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata detectó 17 meses consecutivos de caída en el empleo registrado de la ciudad, con una tasa de desocupación que trepó al 9,5%, equivalente a unas 33.000 personas sin trabajo, ubicando a la ciudad entre los aglomerados urbanos con mayor desempleo de todo el país.

El impacto sobre el entramado comercial fue igual de contundente. Tras el fin de la temporada de verano, más de 200 locales bajaron definitivamente sus persianas, según datos de la Unión del Comercio, la Industria y la Producción, que calculó en 8% la proporción de comercios cerrados en los corredores más importantes de la ciudad. Meses después, el propio sindicato gastronómico y hotelero relevó el cierre de otros 40 establecimientos en apenas sesenta días, con una pérdida adicional de 400 puestos de trabajo. Entre los nombres que bajaron la persiana durante este proceso aparecen locales con décadas de historia en la ciudad, un detalle que para cualquier marplatense dice mucho más que cualquier informe técnico.

La otra cara de la moneda: un verano récord, pero del otro lado del río

Acá es donde el diagnóstico argentino necesita, inevitablemente, una referencia regional, porque lo que está pasando en Mar del Plata no sucede en el vacío. Mientras la Costa Atlántica argentina acumula su peor racha en más de dos décadas, Uruguay viene de cerrar una de sus mejores temporadas en años, con Punta del Este como protagonista excluyente. Las inmobiliarias del balneario uruguayo reportaron niveles de ocupación superiores al 90% para la primera quincena de enero, alquileres premium prácticamente agotados desde fines del año pasado y un flujo de turistas argentinos que, lejos de desaparecer, volvió a posicionarse como el principal motor del turismo receptivo uruguayo.

La explicación que ofrecen los propios operadores del otro lado del río es tan simple como incómoda para la industria local: la mayor estabilidad cambiaria de los últimos tiempos devolvió competitividad de precio a Uruguay frente a Argentina, después de varios veranos en los que la brecha cambiaria había jugado en sentido contrario. En otras palabras, buena parte del mismo turista argentino de clase media que durante años eligió la Costa Atlántica como destino de vacaciones encontró, en un contexto de tipo de cambio más ordenado, que irse a Punta del Este o a otros puntos de la costa uruguaya le resulta hoy una opción accesible, cuando no directamente más conveniente que quedarse a veranear en su propio país.

Esa fuga de consumo turístico hacia el exterior no explica por sí sola toda la crisis que atraviesa Mar del Plata, pero sí ayuda a entender una parte central del problema que los propios empresarios describieron en el Congreso: no es solo que haya menos turistas, es que el turista argentino promedio tiene hoy más alternativas de afuera que compiten directamente, en precio y en experiencia, con el destino de veraneo tradicional del país.

Un problema que ya dejó de ser estacional

Reducir esta crisis a una mala temporada sería, a esta altura, un acto de negación. Lo que muestran los datos es un deterioro sostenido que atraviesa ya tres veranos consecutivos, que se extendió a las vacaciones de invierno, y que combina una caída real del poder adquisitivo de los visitantes con una pérdida de competitividad frente a destinos vecinos que, en el mismo período, lograron capitalizar exactamente lo contrario. Cuando un sector que genera empleo genuino durante generaciones llega al Congreso a pedir, con las palabras más simples posibles, que se reconozca que hay un problema, es porque el problema dejó de ser coyuntural hace bastante tiempo.

La pregunta que queda flotando después de esta exposición no es si la temporada 2027 va a ser difícil: eso ya lo admitió el propio sector, con cifras en la mano. La pregunta real es cuántas temporadas más puede resistir un entramado de hoteles familiares, parrillas de toda la vida y balnearios de gestión histórica, mientras el problema estructural que explica buena parte de su caída —la pérdida de competitividad frente a destinos de la región— sigue sin tener, hasta ahora, ninguna respuesta de fondo sobre la mesa.

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