Los turistas extranjeros dejaron 9.400 millones de euros solo en julio, la cifra mensual más alta de la historia, mientras los franceses redujeron sus vacaciones dentro del país por cuarto año consecutivo y ajustan cada gasto ante el encarecimiento del costo de vida
Francia atraviesa, en simultáneo, dos temporadas turísticas completamente distintas dentro de un mismo país. Por un lado, el turismo internacional bate récord tras récord y consolida al país como el destino más visitado del planeta. Por el otro, sus propios ciudadanos, apretados por el aumento sostenido del costo de vida, viajan menos, gastan menos y achican cada vez más el presupuesto vacacional. Es una paradoja que ya empieza a preocupar a una parte importante del entramado turístico local, el que menos depende del visitante extranjero y más necesita al viajero doméstico para sobrevivir.
Un mes de julio histórico
El dato que resume la fortaleza del turismo receptivo francés es contundente: durante julio, el gasto de los turistas internacionales alcanzó los 9.400 millones de euros, la cifra mensual más alta jamás registrada en el país. Ese resultado refuerza las proyecciones que ubican los ingresos totales por turismo internacional cerca de los 80.000 millones de euros para el cierre de 2026, un número que consolida el rumbo hacia el objetivo declarado por el propio gobierno francés de alcanzar los 100.000 millones de euros de ingresos turísticos anuales para el año 2030.
El desempeño no es un fenómeno aislado de este año. El primer semestre de 2025 ya había cerrado con 37.300 millones de euros en ingresos por turismo internacional, un 13,7% más que en el mismo período del año anterior, con cerca de 290 millones de pernoctaciones registradas y un crecimiento especialmente marcado en las noches de hotel y en apartamentos turísticos y casas rurales. Ese semestre mostró además un dato revelador sobre el origen de esa demanda: el turismo alemán creció más del 25% interanual, el neerlandés más del 17%, y también avanzaron con fuerza los visitantes de Estados Unidos y Japón, mercados de alto poder adquisitivo que sostienen buena parte del gasto premium en hotelería, gastronomía y experiencias culturales.
París sigue siendo la locomotora, pero no la única
La capital continúa funcionando como el gran imán turístico del país, apalancada en su patrimonio histórico, su oferta cultural, sus museos y una gastronomía reconocida en el mundo entero. Pero la demanda internacional ya no se concentra únicamente ahí: la Costa Azul, Provenza, Normandía, Bretaña, los Alpes y las regiones vitivinícolas del país vienen ganando protagonismo dentro de los itinerarios de los visitantes extranjeros, en una tendencia que el propio sector turístico francés viene impulsando de manera deliberada a través del desarrollo del enoturismo, el agroturismo y el turismo de saber hacer, entendido como la experiencia directa con oficios y tradiciones artesanales locales.
Esa diversificación territorial no es un detalle menor: permite que el impacto económico del turismo internacional se derrame sobre hoteles, restaurantes, comercios, empresas de transporte y operadores de experiencias en regiones que antes dependían casi exclusivamente del turista doméstico, ampliando el círculo de beneficiarios de un sector que sigue creciendo a tasas de dos dígitos en algunos segmentos.
El otro costado de la moneda: el francés que ya no puede viajar como antes
Mientras el visitante extranjero bate récords de gasto, el escenario para el residente francés es radicalmente distinto. Los viajes realizados por franceses dentro del propio país durante la temporada estival cayeron entre un 4% y un 5% respecto al año anterior, y las pernoctaciones domésticas acumulan un descenso cercano al 13% desde 2018, una tendencia que confirma un desgaste estructural del turismo interno y no un bache puntual de una sola temporada.
El presupuesto vacacional promedio del francés cayó a 1.530 euros por persona, unos 150 euros menos que el año anterior, un recorte que se explica casi enteramente por la presión que ejercen la vivienda, la energía, el transporte y los productos básicos sobre los ingresos familiares. Las encuestas del sector detectaron con precisión dónde recorta el turista francés: un 17% redujo las salidas a comer afuera, un 15% recortó actividades de ocio y un 14% bajó el gasto en compras durante sus vacaciones. El impacto ya se siente del otro lado del mostrador: cerca de dos tercios de los restauranteros relevados reportaron una caída en su facturación durante julio y agosto en comparación con el año anterior.
Frente a ese ajuste, el viajero francés modificó sus hábitos de manera clara: estadías más cortas, alojamientos más económicos, planificación anticipada para conseguir mejores tarifas, desplazamientos hacia destinos cercanos en auto en lugar de vuelos, y un aumento notable de las alternativas para reducir gastos, como alojarse en casas de familiares y amigos o directamente optar por excursiones de un solo día en lugar de estadías con pernocte.
Cuando el ajuste empuja al viajero hacia afuera
Lo llamativo es que esa contracción del gasto no significó, paradójicamente, que el francés dejara de viajar en general. Mientras las pernoctaciones dentro de Francia cayeron un 5% hasta los 835 millones, el gasto de los residentes franceses en viajes al extranjero creció un 5,3% interanual y alcanzó un récord de 57.400 millones de euros. España, en particular, se consolidó como el principal destino internacional elegido por los franceses que viajan con paquetes organizados, con un crecimiento interanual del 1,9% según datos de la asociación de touroperadores franceses.
Es un fenómeno que amerita explicación: en un contexto de ajuste presupuestario, buena parte del turista francés no necesariamente elige quedarse en casa, sino que compara con más cuidado entre las opciones domésticas e internacionales, y en algunos casos termina encontrando mejor relación precio-experiencia cruzando la frontera que quedándose en las zonas turísticas tradicionales de su propio país, muchas de las cuales acumularon aumentos de precios sostenidos en los últimos años. De hecho, encuestas de percepción reciente identificaron que la masificación turística se convirtió en el principal factor negativo señalado por los propios viajeros franceses a la hora de evaluar sus destinos, superando incluso a los históricos problemas de tráfico y estacionamiento.
Un desafío que el sector turístico francés no puede resolver solo con récords
El crecimiento del turismo internacional, por más espectacular que resulte en los titulares, no compensa automáticamente la pérdida de demanda doméstica. Los visitantes extranjeros tienden a concentrarse en determinados destinos icónicos y en ventanas estacionales específicas, mientras que es precisamente el turista francés quien históricamente sostiene la actividad en localidades rurales, destinos secundarios y establecimientos familiares que jamás aparecen en las postales que atraen al viajero internacional.
Por eso, el sector enfrenta un desafío de ecuación doble: mantener la capacidad de atracción que lo consolidó como el destino turístico más visitado del mundo, y al mismo tiempo diseñar estrategias para recuperar parte de esa demanda interna que se está retrayendo. Entre las alternativas que empieza a explorar el propio sector aparecen propuestas más accesibles en precio, una mayor diversificación de la oferta fuera de los polos tradicionales, y estímulos concretos para alentar los viajes fuera de la temporada alta, cuando tanto la oferta hotelera como los precios resultan considerablemente más amigables para el bolsillo local.
Dos velocidades, un mismo país
El escenario que atraviesa Francia plantea, en definitiva, dos realidades que conviven dentro del mismo territorio: un mercado internacional que bate récords históricos de ingresos mes tras mes, y una demanda doméstica condicionada por un contexto económico que le exige al residente francés recalcular cada gasto de sus vacaciones. Sostener el equilibrio entre ambas dinámicas, sin que el éxito de una termine profundizando el retroceso de la otra, se perfila como uno de los grandes desafíos que deberá resolver la política turística francesa en los próximos meses, especialmente de cara al ambicioso objetivo de duplicar los ingresos por turismo internacional antes de que termine la década.


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