Durante los años ’70, acampar tenía una sola imagen posible: la carpa canadiense, con sus dos parantes verticales, su travesaño superior y esa lona gruesa que caía en dos faldones inclinados. Era resistente, reparable y podía acompañar a una familia durante años. También era pesada, absorbía humedad y obligaba a moverse agachado bajo un techo bajo. Cinco décadas después, el camping cambió tanto que ya casi no se reconoce a simple vista.
De la lona al aluminio
El primer salto llegó con las carpas estructurales, armadas sobre caños metálicos que permitían levantar paredes casi verticales y dividir el interior en dormitorios y comedor. Funcionaban como una vivienda temporal, pero exigían un montaje lento pensado para quedarse varias semanas en el mismo lugar, no para moverse todas las noches.
Después llegaron las iglú, con varillas flexibles de fibra de vidrio o aluminio que redujeron el peso y crearon modelos autoportantes. Esa estructura curva también mejoró el comportamiento frente al viento, algo que las paredes planas de las carpas anteriores no lograban. A partir de ahí, el mercado se fragmentó en categorías: modelos ultralivianos para trekking, carpas familiares con varios dormitorios, diseños geodésicos para alta montaña y opciones económicas para uso ocasional.
La siguiente etapa priorizó el tiempo de armado por encima del peso. Las carpas automáticas e instantáneas, con estructuras articuladas o aros flexibles tipo pop-up, permiten estar listas en minutos. A cambio, suman piezas mecánicas que pueden fallar y bolsos de guardado poco prácticos.
El aire como material de construcción
El capítulo más reciente reemplaza varillas y caños por tubos neumáticos que toman rigidez al inflarse. El sistema resuelve dos problemas clásicos a la vez: el tiempo de montaje, porque basta con conectar un inflador, y la rotura de parantes, ya que un arco de aire tiende a recuperar su forma después de una ráfaga fuerte, algo que una varilla de fibra no puede hacer.
Las paredes altas y casi verticales que permite esta tecnología generan más metros útiles con menos ángulos muertos, lo que las vuelve especialmente atractivas para estadías largas, familias numerosas o días de lluvia. El costo de esa comodidad es previsible: mayor peso total que una iglú equivalente, dependencia de un inflador y algo de atención extra frente a cambios bruscos de temperatura, ya que el aire se dilata con el calor y se contrae con el frío.
En la Argentina, la marca Driven (con sede en Pergamino) comercializa tres modelos de este tipo pensados para camping en vehículo y overlanding: la Alpina Pro Inflable, que retoma la silueta canadiense con estructura neumática (3-4 personas, 15,6 kg, inflado en unos 5 minutos); el Gazebo Casita Inflable, orientado a la habitabilidad con 2,70 x 2,70 m y 2 m de altura; y el Bote 3 en 1 Inflable, un producto híbrido que funciona como carpa de piso, carpa de techo vehicular y estructura flotante.
Más allá de la carpa: el mapa completo del alojamiento en camping
La evolución de las carpas es solo una parte de una transformación más amplia del sector. El segmento que más creció en los últimos años es el glamping, una fusión entre acampada y hotelería que en 2026 mueve a nivel global un mercado estimado en unos 4.200 millones de euros, según datos de la industria. La lógica es simple: mantener el contacto con la naturaleza sin resignar cama real, baño privado, electricidad y, en muchos casos, climatización.
Dentro del glamping conviven formatos muy distintos, cada uno con su propio público:
- Tiendas de safari. Estructuras de lona permanentes o semipermanentes, con piso de madera, cama matrimonial y a veces aire acondicionado. Son la puerta de entrada más habitual al segmento.
- Yurtas. Estructuras circulares de origen centroasiático, con armazón de madera y buen aislamiento térmico, muy usadas en climas fríos o de montaña.
- Domos geodésicos. Cúpulas semiesféricas que resisten bien el viento y suelen incorporar techos transparentes para observación de estrellas, un atractivo fuerte en destinos rurales o de altura.
- Casas en los árboles. Estructuras elevadas que apuntan a una experiencia más inmersiva, con costos de construcción más altos por la ingeniería que requieren.
- Cabañas y módulos prefabricados. Es el segmento que más ingresos genera dentro del glamping a nivel mundial: se proyecta que pase de unos 1.100 millones de dólares en 2025 a 2.500 millones en 2035, impulsado por la demanda de espacios con mayor sensación de privacidad y seguridad.
- Tiny houses y contenedores reciclados. Alternativas de menor superficie pero diseño cuidado, populares en proyectos de turismo sustentable.
- Airstreams y casas rodantes fijas. Aportan estética retro y funcionan bien como unidades aisladas dentro de un predio más grande.
Para un camping o un emprendimiento de alojamiento rural, la elección entre estos formatos no es solo estética. Los costos iniciales varían fuerte: una tienda de lujo o yurta básica puede montarse con una inversión de entre 10.000 y 30.000 dólares por unidad, un domo geodésico entre 15.000 y 50.000, mientras que una casa en los árboles o una construcción a medida puede superar los 100.000. A eso hay que sumarle infraestructura de agua, electricidad y accesos, además de un mínimo de tres a cinco unidades para que la operación sea rentable.
Un sector que ya no tiene un único modelo ganador
Lo que muestran tanto la evolución de las carpas como el auge del glamping es que no existe un formato universal. La carpa canadiense ofrecía durabilidad, la iglú ligereza, la inflable comodidad y velocidad de armado, y el glamping suma la variable del confort hotelero completo. Para quien planifica un destino de alojamiento al aire libre, la pregunta ya no es “carpa sí o no”, sino qué combinación de formatos conviene ofrecer según el perfil de huésped que se busca captar: desde el mochilero que prioriza cada gramo hasta la familia que quiere pasar una semana sin resignar comodidades.


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