Hay una forma de conocer Santa Fe que empieza lejos del asfalto y termina, horas después, frente al brillo del puente colgante encendido por el atardecer. Desde Arroyo Leyes, a pocos kilómetros de la capital provincial, es posible embarcarse en kayak y recorrer un universo de cauces menores, islas y esteros hasta desembocar en la laguna Setúbal, ese gran espejo de agua que atraviesa la identidad santafesina de punta a punta.
En Santa Fe, como en gran parte del Litoral, el diálogo con el agua es constante: marca las actividades cotidianas, el humor de isleños y pescadores, y hasta el acceso a bienes y servicios que llegan —o no— hasta el continente. En la Setúbal y su delta, esa relación se profundiza a través de propuestas turísticas como la de Setúbal Kayak’s, la empresa de Carlos David Busaniche que desde hace años organiza salidas guiadas por esta región, hoy ampliadas con una flota específica para pesca y un predio propio con acceso a los esteros, que incluye un lago artificial —surgido del refulado de tierra de los barrios vecinos— pensado especialmente para las infancias y para quienes recién se inician en la disciplina.
Una laguna con nombres, mitos y casi 600 kilómetros de historia compartida
Acompañando a la provincia a lo largo de unos 600 kilómetros en su recorrido de siglos, el río Paraná se permite en esta zona su gran digresión. Los pueblos originarios que habitaban sus costas en la etapa precolonial la llamaban Quiloazas; más tarde pasó a conocerse como Lencinas, hasta terminar bautizada Setúbal, en honor a distintos estancieros de la región. Ese recorrido de nombres es apenas un anticipo de la cantidad de mitos y singularidades que atesora esta laguna: el antiguo puente ferroviario, las aerosillas que la surcaban por el aire durante la década de 1980, o la danza anual de sus flamencos rosados, una atracción turística que sigue vigente hasta hoy.
Parte del sistema del río Paraná, del que a la vez entra y sale, la Setúbal varía según las lluvias y bajantes que llegan desde el norte, especialmente de arroyos y riachuelos de Brasil, aunque debe su característico color rojizo al río Bermejo, y el salitre de sus aguas a los curiosos arroyos Saladillo Dulce y Saladillo Amargo. Entre nutrientes, especies y corrientes que se combinan, la laguna conforma un cuerpo de 32 kilómetros cuadrados, que se extiende desde los arroyos Aguiar y Leyes hasta el Canal de Acceso del puerto santafesino.
Bajantes, camalotes y una laguna que se transforma con el clima
Como buena parte de los grandes cuerpos de agua del Litoral, la Setúbal atraviesa ciclos de bajante e inundación que modifican por completo su fisonomía. El descenso registrado entre 2018 y 2019 fue particularmente severo, y aunque hubo cierta recuperación posterior, el nivel del agua todavía se mantiene alrededor de 2 metros por debajo de lo normal, un fenómeno que provocó la mortandad y el retiro de varias especies de peces icónicas de la región, además de favorecer la irrupción de vegetación colonizadora y situaciones desafiantes, como la aparición de palometas.
El episodio más recordado, sin embargo, fue la bajante extraordinaria que coincidió con la pandemia de Covid-19, cuando el nivel del agua llegó a estar 20 centímetros por debajo del lecho habitual, dejando a la vista auténticos pozos de agua y favoreciendo la proliferación de alisos y nuevas islas de camalotes que llegaron a cortar la laguna al medio. Canutillos y catays quedaron enganchados en los pilares del viejo ferrocarril, y tras semanas de sequía e intenso calor, formaron una verdadera pared infranqueable, al punto de que se registraron cruces a pie sobre esa barrera de vegetación. La situación exigió un trabajo conjunto entre distintos organismos nacionales, provinciales y municipales, la Universidad Nacional del Litoral y el propio Ejército Argentino, convocado para eliminar el muro embalsado que se había formado.
Hoy, según explican los guías de la zona, la aparición esporádica de islotes forma parte de la dinámica natural de la laguna, y no representa un obstáculo serio para quienes navegan en kayak: cuando el cauce se traba, simplemente se los rodea a pie o se busca otro canal donde el agua permita continuar.
Desde Leyes hacia el Delta Superior: dos formas de vivir la travesía
Desde su base en la costa, en un parador playero pegado a la ciudad, la propuesta ofrece tanto salidas cortas como jornadas completas que se internan en un monte cada vez más cerrado, a contramano de cauces que se van angostando y que esconden fauna cercana y silvestre. En el camino, las aves se convierten en protagonistas constantes de cada escena: pueblan los árboles más altos, sobrevuelan rasantes el lomo del agua y revolotean cerca de las embarcaciones. También es habitual cruzarse con caballos y vacas de puesteros locales, y ocasionalmente con algún carpincho, especie que había quedado casi ausente de la zona tras la gran sequía y que de a poco fue recuperando presencia.
Esta sección de la laguna corresponde a lo que se conoce como el Delta Superior, el tramo donde el gran cuerpo de agua se disgrega en cientos de cauces y arroyos menores, con zanjones de corrientes fuertes que exigen atención constante por parte de quienes reman. Entre alfombras de irupé en flor y diminutas islas con playas de piedra y arena, la travesía revela un paisaje que cambia por completo según la altura del río.
Si bien otras localidades ribereñas como San José del Rincón, Sauce Viejo y Monte Vera también ofrecen bajadas para salir a navegar, Arroyo Leyes conserva una magia propia: permite una travesía extensa que arranca temprano y concluye recién al atardecer, por lo que suele recomendarse a grupos con buena condición física, y puede combinarse con tramos de caminata y remadas más intensas.
La bondiola isleña y el ritual de la seguridad antes de cada salida
Toda travesía larga se gratifica, al mediodía, con la ya clásica bondiola isleña desmechada, preparada con dedicación por el equipo de guías como excusa perfecta para la charla y la puesta en común entre los participantes. Sea corta o larga, cada salida arranca siempre con una explicación técnica sobre el lugar a visitar, las medidas de seguridad correspondientes y los elementos indispensables para la travesía —chalecos salvavidas incluidos— antes de bajar al agua.
En las remadas breves, cercanas al puente colgante, se disfruta de la flotada de cara a la ciudad iluminada. En las travesías largas, en cambio, se pone en juego la resistencia física: hay corrientes leves y otras más severas, que aparecen al ingresar en los ríos internos de mayor caudal. También es frecuente que algún arroyo se corte por camalotes trabados en alguna rama, obligando a un regreso o a una caminata sobre barrancas de suelo barroso, hábitat de chajás, garzas, espátulas rosadas, patos, gallinetas y, ocasionalmente, algún animal de mayor tamaño.
Un plan que conquista a toda la familia
Contra lo que podría suponerse, la propuesta convoca cada vez a más familias con chicos, que encuentran en esta actividad una alternativa genuina al uso constante de pantallas. Eso sí: los guías son estrictos en materia de seguridad y en el movimiento coordinado del grupo por los senderos, ya que sobre suelo firme es posible encontrarse con víboras u otros animales silvestres.
El cierre de cada salida llega, invariablemente, con el atardecer: es el momento de la foto más buscada, cuando las embarcaciones regresan en fila con el sol recostado sobre el agua, encendiendo los brillos del lejano puente colgante, en una postal que resume por qué remar en la Setúbal se convirtió, para generaciones de santafesinos, en una forma de hermanarse con su propio paisaje.
Cómo sumarse a la experiencia
Las salidas se coordinan a través de Setúbal Kayak’s, la propuesta de Carlos David Busaniche que opera desde Arroyo Leyes, con opciones tanto para principiantes —incluido el lago cerrado pensado especialmente para las infancias— como para grupos con experiencia que buscan travesías de jornada completa hacia el Delta Superior. Contacto: Instagram @setubal_kayaks / Celular +54 9 3424475236.


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