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11 septiembre, 2026
Turismo Masivo en Europa

El agua no alcanza: cómo el turismo masivo está ahogando a los destinos que dice amar

Hay una pregunta incómoda que casi nadie hace cuando reserva un vuelo: ¿de dónde sale el agua que va a tomar, el sistema que va a tratar lo que descarga, la red eléctrica que va a sostener su estadía? El destino de moda rara vez fue diseñado para soportar a millones de residentes temporales llegando al mismo tiempo. Y esa cuenta, tarde o temprano, la paga alguien.

Durante años el debate sobre el turismo masivo giró en torno a algo visible: calles saturadas, plazas que ya no se pueden cruzar, colas kilométricas frente a un monumento. Es el problema que se fotografía y se viraliza. Pero debajo de esa foto hay otro colapso, mucho menos instagrameable: el de las cañerías, las plantas de tratamiento, los acuíferos y las redes de transporte que nunca fueron pensadas para multiplicar por diez, por veinte o por cien la población real de un pueblo durante la temporada alta.

Ese es el verdadero costo oculto del sobreturismo. Y cuando se lo mira de cerca, en lugares tan distintos como el norte de Inglaterra, el Himalaya indio, los canales de Venecia o la selva peruana, aparece siempre el mismo patrón.

Windermere: un lago que se está quedando sin oxígeno

El lago Windermere, en el Distrito de los Lagos ingleses, es el cuerpo de agua dulce más grande de Inglaterra. También es, hoy, uno de los ejemplos más claros de lo que ocurre cuando la infraestructura pierde la carrera contra el turismo.

La región recibe cerca de dieciocho millones de visitantes al año, que generan más de veintinueve millones de pernoctaciones. La población local, la que vive ahí los trescientos sesenta y cinco días del año, apenas supera las treinta y ocho mil personas. Hacé la cuenta: por cada residente hay casi ochocientos días de estadía turística repartidos en el calendario. Ningún sistema de saneamiento diseñado a mediados del siglo pasado estaba pensado para eso.

El resultado se ve en el agua. Floraciones de algas cada vez más frecuentes que consumen el oxígeno disponible y asfixian a la fauna acuática. Investigaciones con datos satelitales encontraron una correlación directa entre los picos diarios de visitantes y el aumento de clorofila en el lago, es decir, entre la llegada de turistas y el deterioro biológico del agua que están mirando desde la orilla.

Parte del problema tiene nombre y es legal: en el Reino Unido las compañías de agua tienen permiso para verter aguas residuales sin tratar cuando llueve fuerte, como válvula de escape para que el sistema no colapse y no inunde casas. Es una solución de emergencia que se volvió rutina. Científicos ciudadanos que monitorean la calidad del agua vienen detectando niveles altos de Escherichia coli, la prueba de que esto no es solo un tema de clima extremo, sino de una gestión que llegó a su límite estructural.

Stok Kangri: cuando una montaña dice basta

A más de cinco mil metros de altura, en la región india de Ladakh, el monte Stok Kangri fue durante años uno de los destinos de trekking más populares del Himalaya. Ya no se puede subir. Las expediciones fueron prohibidas después de que la contaminación de los arroyos que abastecen a las comunidades locales y a la agricultura de la zona alcanzara niveles insostenibles.

El cambio climático empeoró todo: menos caudal disponible significa que cualquier contaminante que llega al agua queda mucho más concentrado. Y ese contaminante venía, en buena parte, de las instalaciones sanitarias temporales de los campamentos de alta montaña, montadas para atender a expediciones que llegaban en cantidades que el ecosistema simplemente no podía procesar.

Lo que pasó después importa tanto como el problema en sí. Fueron los comités locales y las asociaciones de operadores turísticos, no una imposición externa, quienes pidieron el cierre de la montaña para darle tiempo de recuperarse. Una comunidad que decidió que no iba a sacrificar su agua a cambio de ingresos de corto plazo. Ojalá fuera la norma y no la excepción.

No es un problema europeo ni asiático: es estructural

Sería cómodo pensar que esto les pasa a otros. No es así. El mismo mecanismo, población flotante que multiplica exponencialmente la demanda sobre infraestructura diseñada para una fracción de esa carga, se repite en casi cualquier destino que se volvió demasiado popular demasiado rápido.

Venecia recibe entre veinticinco y treinta millones de visitantes al año, frente a una población residente en el centro histórico que ya cayó por debajo de los cincuenta mil habitantes. La ciudad lleva desde 2024 cobrando una tasa de acceso a los turistas de un día, la franja que menos deja en la economía local y más presiona sobre la recolección de residuos, el mantenimiento de los canales y los servicios básicos. Para 2026 el municipio amplió a sesenta los días con tasa obligatoria, y hay una propuesta en estudio para llevar el cobro en jornadas pico de diez a cincuenta euros, un salto del novecientos por ciento respecto al valor con el que arrancó el sistema. La cifra por sí sola dice cuánto se subestimó, al principio, la magnitud del problema.

En Perú, una fiscalización reciente sobre Machu Picchu detectó un sobreaforo de casi noventa y dos mil visitantes entre 2024 y 2025, cifra que surgió de fallas en los controles de acceso y de flujos que ni siquiera se estaban registrando bien. El nuevo plan maestro para el santuario histórico, vigente entre 2026 y 2031, reconoce que el ingreso descontrolado de visitantes generó sobrecarga de infraestructura, erosión de caminos y contaminación del río Vilcanota por vertido de residuos sin tratamiento cerca de los centros poblados. La vibración constante del tren que conecta Cusco con la ciudadela ni siquiera está en los folletos turísticos, pero los estudios técnicos la señalan como un factor que contribuye a la inestabilidad estructural del sitio.

Y en Barcelona, la tensión ya no se mide solo en indicadores ambientales: se mide en protestas de vecinos que sienten que su ciudad se convirtió en un parque temático que ya no reconocen como propio.

¿Quién paga la infraestructura que el turista usa y no ve?

Acá está el núcleo del debate, el que casi nunca se discute con la seriedad que merece: si un visitante genera un desgaste medible sobre el agua, el saneamiento y el transporte de un lugar, ¿por qué la factura de ese desgaste termina, tantas veces, en manos del contribuyente que vive ahí todo el año?

La respuesta que viene ganando terreno en destinos maduros es la tasa turística específica, no como castigo al viajero sino como mecanismo de financiamiento genuino. Venecia lo aplicó. Ciudades bálticas y del norte de Europa ya lo tienen incorporado desde hace años. Mallorca también. La lógica es simple: si millones de personas usan una infraestructura que le pertenece a decenas de miles, esa infraestructura necesita un flujo de ingresos proporcional a quien realmente la desgasta, y no únicamente al vecino que paga sus impuestos municipales todo el año mientras ve cómo se degrada el lugar donde vive.

El problema es que ese dinero, cuando existe, no siempre llega a donde más se necesita. Una tasa bien diseñada, con destino específico a saneamiento, tratamiento de agua y mantenimiento de infraestructura crítica, es una herramienta real. Una tasa pensada solo como recaudación general, sin trazabilidad hacia las obras que el destino necesita, es maquillaje.

Lo que está realmente en juego

Ningún destino se convierte en un ícono turístico de un día para el otro. Windermere, Stok Kangri, Venecia, Machu Picchu: todos construyeron su atractivo durante décadas o siglos. Y todos están demostrando, al mismo tiempo, que ese atractivo se puede destruir en apenas unos años si la infraestructura que lo sostiene no crece al mismo ritmo que la demanda que genera.

La paradoja es cruel: el éxito turístico de un lugar, medido en cantidad de visitantes, es exactamente lo que puede terminar destruyendo la razón por la que esos visitantes llegaban. Un lago sin oxígeno deja de ser un paisaje. Una montaña con el agua contaminada deja de ser accesible. Una ciudadela que pierde su estabilidad estructural deja de ser patrimonio, aunque siga en pie.

La experiencia de Ladakh muestra un camino posible: son las comunidades locales, las que conocen el territorio de cerca, las que primero identifican el punto de quiebre y las que tienen más para perder si no actúan a tiempo. La pregunta que le queda a cada destino masificado, y a cada gobierno local que decide cómo invertir los ingresos que genera el turismo, es si van a esperar a que la naturaleza ponga el límite por ellos, como pasó en Stok Kangri, o si van a anticiparse con inversión real en la infraestructura que sostiene, literalmente, todo lo demás.

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