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1 septiembre, 2026
Turismo receptivo en baja en la Argentina

La Argentina que el mundo dejó de visitar: el turismo receptivo se derrumbó a la mitad y el modelo cambiario tiene la principal responsabilidad

Hay un indicador que no miente y que el sector turístico argentino conoce mejor que nadie: la cantidad de extranjeros que cruzan la frontera para conocer el país. Y ese número, hoy, cuenta una historia incómoda. Según los datos oficiales del INDEC, durante el primer semestre de 2026 ingresaron a la Argentina casi 2,9 millones de turistas extranjeros. La cifra suena a estabilidad hasta que se la compara con el mismo período de 2023, apenas antes de la asunción de Javier Milei: 6,3 millones de visitantes. En tres años, el turismo receptivo argentino se desplomó un 54%. Perdió, lisa y llanamente, a más de la mitad de sus visitantes internacionales.

No es un dato aislado ni un capricho estadístico de un semestre flojo. Es la fotografía de una tendencia sostenida, y las comparaciones internacionales la vuelven todavía más dura de digerir: el Barómetro de Turismo Mundial de la ONU ubicó a la Argentina entre los países con mayor caída de turismo receptivo del planeta en los últimos años, en una lista dominada por naciones atravesadas por guerras, como Rusia, Ucrania, Irán e Israel. Ese es el terreno estadístico en el que hoy compite un país que supo ser, durante años, el líder indiscutido del turismo receptivo en Sudamérica. Un liderazgo que, según la propia ONU, ya no existe: en 2025 la Argentina cayó al cuarto puesto regional, superada por Brasil, Colombia y Chile.

El país más caro del continente para el visitante extranjero

El diagnóstico del sector es prácticamente unánime, y apunta en una sola dirección: la apreciación cambiaria convirtió a la Argentina en un destino caro en dólares, justo en el momento en que la región compite agresivamente por captar al mismo viajero internacional. El índice Big Mac, elaborado por The Economist para medir la sobrevaluación relativa de las monedas, es contundente al respecto: en 2025 el peso argentino llegó a ser la moneda más sobrevaluada de las más de cincuenta que releva el índice a nivel mundial. En la medición más reciente, que ajusta por el ingreso per cápita de cada país, la Argentina bajó al puesto 14 entre las monedas más sobrevaluadas del planeta, con una distorsión del 19% frente al dólar. Brasil, en cambio, exhibe una moneda subvaluada un 6%, una diferencia que explica en gran parte por qué el turista regional elige hoy Río de Janeiro o Florianópolis antes que Buenos Aires o Bariloche.

A esa distorsión cambiaria se suma una estructura de costos que el propio sector privado describe sin eufemismos. El expresidente de la Cámara Argentina de Turismo fue especialmente crítico al analizar el fenómeno: sostuvo que el país arrastra serios problemas de competitividad producto de una presión impositiva asfixiante, y advirtió que apelar a devaluaciones como atajo es una salida engañosa, porque combinar inflación, emisión y devaluación puede generar un repunte artificial y temporal de visitantes, pero termina siendo más costoso para el conjunto de la economía que sostenerlo. A esto se agrega el precio de los pasajes: un relevamiento de la propia Cámara identificó a las tarifas aéreas elevadas como otro de los grandes obstáculos que enfrenta hoy cualquier estrategia de recuperación del turismo receptivo.

Lo que dice el mercado: recuperación mensual, pero sobre una base devastada

Una mirada honesta a los números también obliga a incorporar un matiz que la propia dinámica reciente del mercado empezó a mostrar. Sobre el cierre del primer semestre de 2026, la llegada de turistas extranjeros encadenó varios meses consecutivos de crecimiento interanual, con un ingreso de visitantes no residentes que en junio creció un 3% frente al mismo mes del año anterior, traccionado especialmente por Brasil (+15,2%) y Chile (+18,5%). El fenómeno coincide con un ajuste cambiario registrado a fines de 2025, que encareció los viajes al exterior para los argentinos (con una caída del 22% en el turismo emisivo) y, en simultáneo, devolvió algo de competitividad relativa al país como destino.

Es una señal real, pero que hay que leer con la escala correcta: se trata de una mejora mes a mes sobre una base que ya está un 54% por debajo de 2023. Recuperar unos puntos porcentuales de un pozo tan profundo no equivale, ni de cerca, a resolver el problema estructural de competitividad cambiaria e impositiva que generó la caída en primer lugar. El propio mercado hotelero lo describe con cautela: desde uno de los grupos hoteleros más importantes del país se reconoció que el turismo receptivo todavía no logra recuperar plenamente su dinamismo, aun cuando las proyecciones para 2026 resultaron algo más optimistas que las de años anteriores.

La otra cara de la moneda: el déficit turístico se dispara

Mientras el turismo receptivo intenta remontar desde un piso históricamente bajo, el turismo emisivo (los argentinos que viajan al exterior) sigue drenando divisas del país a un ritmo que preocupa a cualquier analista de la balanza de pagos. Durante 2025, la balanza turística argentina registró el peor resultado de la última década: los argentinos gastaron 12.072 millones de dólares en el exterior, mientras que el turismo receptivo apenas aportó 4.852 millones de dólares, dejando un rojo superior a los 7.200 millones de dólares. En el primer trimestre de 2026, el déficit turístico ya explicaba casi ocho de cada diez dólares perdidos por la cuenta de servicios de la balanza de pagos del país.

Es la contracara exacta del problema de competitividad: mientras la Argentina se vuelve más cara para el que viene, se vuelve más barata para el que se va. Un modelo cambiario que expulsa dólares por turismo emisivo al mismo tiempo que ahuyenta a los visitantes internacionales no es sostenible para ningún país, y mucho menos para uno que necesita divisas genuinas con la urgencia que necesita la Argentina.

Una advertencia que el sector turístico ya no puede ignorar

El turismo receptivo no es un capricho sectorial: es una de las principales fuentes de generación de empleo directo e indirecto y de ingreso de divisas genuinas que tiene el país, con un efecto multiplicador que atraviesa transporte, gastronomía, hotelería, comercio minorista y economías regionales enteras. Perder la mitad de esos visitantes en apenas tres años no es un dato de color: es un retroceso que compromete directamente la viabilidad de miles de agencias, hoteles, restaurantes y prestadores turísticos a lo largo de todo el país, muchos de los cuales ya venían golpeados por temporadas cada vez más flojas en distintos destinos.

La leve mejora mensual de los últimos meses es una buena noticia que el sector debe capitalizar, pero sería un error de diagnóstico confundirla con una recuperación real. Mientras el peso siga sobrevaluado frente al dólar, mientras la presión impositiva siga golpeando la estructura de costos de los prestadores y mientras las tarifas aéreas sigan encareciendo el ingreso al país, la Argentina va a seguir compitiendo en desventaja frente a Brasil, Colombia y Chile por el mismo turista internacional. Y cada punto de mercado que se pierde en esa carrera regional no se recupera de un semestre para el otro.

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