El primer lunes de las vacaciones de invierno debería haber sido, para el turismo doméstico, una jornada de despegues sin sobresaltos. En cambio, terminó siendo un nuevo capítulo de un problema que ya empieza a resultar estructural en Aeroparque: demoras y cancelaciones afectaron a cientos de pasajeros, con especial impacto en JetSmart, señalada por presunta sobreventa de pasajes, lo que dejó a cerca de un centenar de viajeros sin poder abordar sus vuelos en una de las fechas de mayor movimiento del año.
La coincidencia no fue menor. Las complicaciones se registraron el mismo día en que comenzó el receso escolar en la Ciudad de Buenos Aires, la provincia de Buenos Aires, Chaco y Santiago del Estero, un período que, año tras año, dispara la demanda de vuelos hacia los destinos turísticos del país. Es decir: no fue un imprevisto que tomó por sorpresa a nadie. Era el día más previsible del calendario para que algo así no pasara, y pasó igual.
Según los testimonios recogidos por otros medios en el lugar, cerca de un centenar de personas quedaron sin poder abordar sus vuelos y denunciaron que no recibieron información clara sobre los motivos de las reprogramaciones. Hasta el cierre de esta nota, la empresa involucrada no había difundido un comunicado oficial para explicar las causas de los inconvenientes. El silencio corporativo frente a cientos de familias con valijas hechas y planes de vacaciones truncos dice tanto como cualquier comunicado.
No es la primera vez, y ese es el problema
Lo llamativo no es el episodio en sí, sino su reiteración. Meses atrás, en Neuquén, un grupo de pasajeros vivió una situación calcada: la empresa JetSmart reconoció que hubo una sobreventa de pasajes y quienes no habían hecho el check-in web con anticipación se quedaron en tierra. La política de overbooking, habitual en la industria aérea global como herramienta de optimización de ingresos, se vuelve intolerable cuando se ejecuta sin transparencia ni compensación clara hacia el pasajero, y cuando además golpea justo en las fechas de mayor sensibilidad para las familias que organizaron sus vacaciones con meses de anticipación.
La reputación de la low cost tampoco ayuda a darle el beneficio de la duda. En plataformas de opinión de consumidores, la aerolínea acumula una valoración de apenas 1,2 sobre 5, con quejas reiteradas por cambios de vuelo, recargos desproporcionados y reembolsos que terminan convertidos en vouchers en lugar de devoluciones reales.
Un aeropuerto que no logra ordenar el tráfico de temporada alta
El otro costado de la historia es la gestión misma de Aeroparque, que vuelve a mostrarse incapaz de absorber los picos estacionales sin generar caos visible: filas de reclamos, información confusa y pasajeros librados a su suerte en la propia terminal. Que el inicio de cada receso escolar se convierta en sinónimo de demoras y cancelaciones no es una fatalidad climática ni logística: es la señal de que ni las aerolíneas low cost ni los organismos de control están anticipando lo que, a esta altura, es perfectamente previsible.
El turismo interno argentino, que necesita cada pasajero y cada buena experiencia para consolidarse, no puede seguir pagando los costos de una ecuación comercial que prioriza la ocupación total de los aviones por sobre la certeza del pasajero de llegar a destino. Si la sobreventa sistemática es, como todo indica, una práctica tolerada, quienes deben responder no son solo las aerolíneas: también los reguladores que permiten que se repita sin consecuencias visibles.


Más Historias
JetSMART abre la puerta a Colombia: la nueva ruta Buenos Aires-Medellín que redibuja el mapa aéreo del Caribe para los argentinos
Gol le abre a la Patagonia argentina una puerta directa a Brasil sin escalas en Buenos Aires
Santiago del Estero, con agenda completa de vuelos: así queda la conectividad aérea con Buenos Aires en agosto