La balanza turística volvió a cerrar en rojo en mayo y confirmó una tendencia que ya dejó de ser coyuntural para convertirse en síntoma estructural: Argentina sigue perdiendo más turismo del que capta, mientras la política pública continúa sin ofrecer una estrategia convincente para revertir el deterioro.
El resultado no sorprende, pero sí preocupa. Mes tras mes, el país profundiza un desequilibrio que golpea a la economía, destinos vacíos, debilita la actividad formal y deja en evidencia la fragilidad de un esquema que depende más del tipo de cambio y de la improvisación que de una planificación seria.
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más visible. Mientras otros países de la región fortalecen su conectividad, mejoran su promoción internacional y trabajan con objetivos concretos, Argentina acumula señales contradictorias, costos altos y una pérdida sostenida de competitividad que desalienta tanto al visitante extranjero como al propio mercado interno.
La balanza en rojo no es solo una estadística incómoda. Es la foto de un país que gasta más divisas en viajes al exterior de las que logra generar con turismo receptivo, en un contexto donde cada dólar cuenta y donde el turismo podría ser una fuente estratégica de ingresos si existiera una política de Estado a la altura.
La situación es aún más grave porque el desequilibrio no se explica por un hecho aislado, sino por una combinación de factores que se repiten: tarifas poco competitivas, presión impositiva, conectividad irregular, escasa promoción, falta de incentivos y una pérdida creciente de atractivo frente a destinos vecinos que sí saben leer el mercado.
Mientras tanto, muchos destinos argentinos sobreviven como pueden, dependiendo del turismo de cercanía, de fines de semanas largas o de temporadas que ya no alcanzan para sostener la rentabilidad anual. El turismo receptivo, que debería ser una de las grandes palancas de desarrollo, sigue sin despegar con la fuerza necesaria para compensar la salida constante de los viajeros argentinos al exterior.
El dato de mayo no debería leerse como una simple fluctuación mensual. Debería encender una alarma. Porque detrás del rojo en la balanza turística hay empleo que no se crea, inversiones que no llegan, pymes que se achican y una cadena de valor que pierde oxígeno.
La conclusión es incómoda pero inevitable: Argentina no tiene un problema de suerte, tiene un problema de estrategia. Y mientras no se asuma esa realidad, la balanza turística seguirá cerrando en rojo, con consecuencias cada vez más costosas para todo el sector.


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