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3 noviembre, 2026
Pareja de Turistas caminando por una calle de Albania

Albania: el país que pasó de estar cerrado al mundo a recibir 11,9 millones de turistas en un año

Hasta comienzos de la década de 1990, Albania era uno de los países más cerrados de Europa. Hoy es uno de los destinos que más rápido crece en el continente. El año pasado recibió 11,9 millones de llegadas, el doble de las que registraba una década atrás, según las cifras que difunde el sector.

De país aislado a destino de moda

Enver Hoxha gobernó desde 1944 hasta su muerte en 1985. En ese período rompió relaciones primero con la Unión Soviética y después con China, y dejó al país casi sin contacto con el exterior. Esa etapa todavía se ve en el paisaje. Decenas de miles de búnkeres de hormigón siguen repartidos por campos, playas y laderas, y algunos se han convertido en atractivos por sí mismos.

Detrás del crecimiento hay dos factores concretos. Uno es la ampliación de las conexiones aéreas internacionales, que acercó Tirana a muchas ciudades europeas. El otro es la relación calidad-precio, difícil de encontrar hoy en el Mediterráneo. Un viajero puede comer bien, alojarse cerca del mar y moverse por el país sin que el presupuesto se dispare, algo que en Grecia, Italia o Croacia se volvió más complicado.

Tirana: brutalismo, color y memoria

La mayoría de los itinerarios empieza en la capital. La plaza Skanderbeg funciona como centro de la vida urbana, y a su alrededor abundan los edificios pintados de colores intensos, resultado de un programa de renovación de fachadas de los años 2000. El barrio de Blloku merece una tarde entera. Durante el comunismo estaba vedado a la población porque allí vivía la cúpula del partido, y hoy está lleno de bares, cafés y restaurantes que trabajan hasta tarde.

La capital también tiene una lectura menos festiva. Bunk’Art 1, un refugio antinuclear construido para la élite del régimen, y Bunk’Art 2, ubicado bajo el centro y dedicado a la policía secreta, muestran cómo se vivía bajo vigilancia. Para cambiar de aire, el teleférico Dajti Ekspres sube al monte Dajti, con vistas a toda la ciudad.

El norte: lago, bicicletas y montañas

Al norte, Shkodër se extiende junto al lago del mismo nombre, que Albania comparte con Montenegro. Es una ciudad para recorrer en bicicleta, con circuitos junto al agua y una fortaleza, la de Rozafa, que domina la llanura desde lo alto de una colina.

Desde allí salen las rutas hacia los Alpes albaneses, también llamados Montañas Malditas. La travesía más conocida une los valles de Valbona y Theth y cruza un paso de casi 1.800 metros. Se completa en una jornada larga de caminata, de entre seis y ocho horas según el ritmo. La temporada segura va de junio a septiembre, ya que fuera de esos meses la nieve puede cerrar el paso. El recorrido atraviesa cumbres escarpadas y praderas de pastoreo, y suele ser lo que más recuerdan los senderistas.

Berat y Gjirokastër: dos ciudades para caminar despacio

Entre el norte y la costa, dos ciudades históricas justifican una parada. Berat, conocida como la ciudad de las mil ventanas por sus casas otomanas apiladas en la ladera, y Gjirokastër, la ciudad de piedra, están inscritas en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Ambas conservan calles empedradas, castillos y una arquitectura que ayuda a entender siglos de historia balcánica.

La Riviera albanesa: las Maldivas de Europa

En el extremo sur, la costa jónica es la razón por la que muchos viajeros eligen Albania. Entre Vlorë y Sarandë, la ruta que sube por el paso de Llogara ofrece vistas amplias del mar, y pueblos como Himarë y Dhërmi tienen playas de guijarros claros y agua transparente.

Sarandë, frente a la isla griega de Corfú, sirve de base para explorar la zona. A pocos kilómetros está Ksamil, con pequeñas islas a metros de la orilla y un mar de color turquesa que le valió el apodo de Maldivas de Europa. Muy cerca queda Butrint, sitio arqueológico Patrimonio de la Humanidad con restos griegos, romanos y bizantinos, y en las afueras de Sarandë el manantial del Ojo Azul (Syri i Kaltër), otro clásico de la zona.

Inversión hotelera y desafíos del crecimiento

La demanda ya atrajo capital. Localidades como Vlorë y Ksamil reciben nuevos proyectos hoteleros de lujo, y la infraestructura turística se moderniza a buen ritmo. El reto para el país será sostener la calidad mientras crece: ordenar la construcción costera, mejorar los accesos y evitar que la temporada alta sature los puntos más visitados.

Qué probar en la mesa

La cocina albanesa mezcla influencias mediterráneas, otomanas y balcánicas. El byrek, una masa hojaldrada rellena de queso, espinaca o carne, es el desayuno o merienda de todos los días. El tavë kosi, cordero horneado con yogur, se considera un plato nacional. La fërgesë, a base de pimientos, tomate y queso, y los pescados y mariscos de la costa completan el mapa, siempre con aceite de oliva local y, para brindar, raki.

Datos útiles para planificar el viaje

  • Mejor época: mayo, junio y septiembre, con mar templado y menos multitudes que en julio y agosto.
  • Moneda: el lek. En zonas turísticas muchos comercios aceptan euros, aunque conviene llevar moneda local.
  • Ingreso al país: los viajeros latinoamericanos deben consultar los requisitos según su nacionalidad antes de reservar.

Albania todavía ofrece lo que otros destinos del Mediterráneo ya cobran caro: playas de agua clara, montañas con pocos senderistas y ciudades donde una cena no arruina el presupuesto. La pregunta que se hace el sector es cuánto de eso resistirá el ritmo actual de crecimiento.

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