Hay derrotas que duelen más que otras, y la del 19 de julio de 2026, en Nueva Jersey, entra en esa categoría que ningún hincha argentino va a olvidar jamás. Un gol de Ferran Torres en el alargue le dio la Copa del Mundo a España y le arrebató a la Argentina la posibilidad del bicampeonato. Pero más allá del resultado, esa noche quedará marcada en la memoria colectiva por otra cosa: fue, con altísima probabilidad, la última vez que Lionel Messi jugó un Mundial con la celeste y blanca.
Cuando sonó el silbato final, las cámaras no apuntaron al festejo español. Apuntaron a él. A un hombre de 39 años, arrodillado sobre el césped, abrazado a sus compañeros, dejando salir todo lo que había contenido durante veintiún años de historia con esa camiseta. No hicieron falta palabras. Todo el país, de un lado y del otro del océano, entendió en ese instante que estaba presenciando el final de una era irrepetible.
Un chico de Rosario que le cambió la cara al fútbol mundial
Para entender la dimensión de lo que se cierra hace falta remontarse muy atrás. A un pibe bajito de Rosario que emigró de niño a España para tratar un problema de crecimiento, que debutó con la Selección mayor en 2005 con apenas 18 años, y que durante casi dos décadas cargó sobre sus hombros el peso de ser, para millones de argentinos, la posibilidad de ver ganar de nuevo a un país que llevaba demasiado tiempo esperando.
El camino no fue lineal ni sencillo. Messi conoció el dolor de perder tres finales seguidas —el Mundial 2014, y las Copas América 2015 y 2016—, la crítica despiadada de una parte de su propio país que llegó a cuestionar su amor por la celeste y blanca, y hasta un retiro temporal de la Selección tras la final perdida en el Centenario, cuando el peso de tanta frustración pareció, por un momento, ser demasiado incluso para él. Fue, quizás, el capítulo más humano de toda su carrera: la prueba de que ni siquiera el mejor jugador de la historia estuvo exento de dudar de sí mismo.
La revancha que sanó a un país entero
Y entonces llegó la reconstrucción. El regreso a la Selección, la Copa América 2021 en el Maracaná, ese trofeo que finalmente cerró la herida de tantas finales perdidas. Después, la Finalissima, otra Copa América en 2024, y en el medio, el día que la Argentina entera todavía guarda como uno de los más felices de su historia reciente: la consagración en Qatar 2022, con la Copa del Mundo levantada por sus propias manos, coronando lo que ya era, para entonces, la carrera más grande que haya tenido un futbolista argentino.
Ese título en Qatar cambió algo profundo en la relación entre Messi y su pueblo. La desconfianza histórica se transformó en devoción total. Ya no había dudas: era, sin discusión, el mejor de la historia, y lo había hecho con la celeste y blanca puesta, algo que ni Maradona había logrado dos veces.
Un último Mundial jugado con el cuerpo cansado y el corazón entero
Llegar a los 39 años disputando su sexta Copa del Mundo ya era, de por sí, una hazaña que muy pocos futbolistas en la historia pudieron siquiera soñar. Messi marcó ocho goles en este Mundial 2026 y terminó como el segundo goleador del torneo, guiando nuevamente a una Argentina que, contra todo pronóstico para un plantel que mostraba el desgaste natural del tiempo, llegó otra vez a una final.
No alcanzó. España fue mejor esa noche, y el sueño del bicampeonato se escapó en el alargue. Pero quienes estuvieron ahí, en las tribunas y frente a las pantallas de todo el mundo, coinciden en algo: no hizo falta ganar para que esa noche fuera histórica. Alcanzó con verlo jugar, una vez más, sabiendo que probablemente no habría una vez más.
Lo que dijo, y lo que no hizo falta decir
En sus redes sociales, Messi agradeció a sus compañeros, al cuerpo técnico y a todos los que día a día convirtieron a esa Selección en una familia. Habló de una historia que ese grupo escribió para siempre, una historia que nadie va a poder borrar. No hubo un anuncio formal y solemne de retiro, ni una conferencia de prensa cargada de protocolo. Cuando le preguntaron a Lionel Scaloni si Messi había cerrado su historia con la Selección, el propio entrenador reconoció no tener certezas, y remarcó que esa era una pregunta que solo el capitán podía responder.
Esa ambigüedad, lejos de restarle emoción al momento, la multiplicó. Porque así es, en el fondo, el amor de un pueblo por su ídolo: no necesita anuncios oficiales para saber que algo se terminó, y al mismo tiempo se aferra a la esperanza de un último gesto, de una despedida a la altura de lo que ese hombre le dio durante veintiún años.
Lo que Messi le dejó al mundo, no solo a la Argentina
Es difícil medir en números el impacto real de un jugador que redefinió lo que se creía posible dentro de una cancha. Ocho Balones de Oro, títulos de liga y de Champions con el Barcelona, una Copa del Mundo, dos Copas América, y algo mucho más difícil de cuantificar: haber logrado que millones de personas en cada rincón del planeta, sin importar el idioma que hablaran, se detuvieran a mirar sus partidos solo para verlo jugar a él.
Messi no le perteneció únicamente a la Argentina. Le perteneció al fútbol como fenómeno cultural global, a esos chicos en Bangladesh, en Indonesia, en África, que crecieron pintando su nombre en las paredes sin haber pisado nunca Rosario ni Buenos Aires. Convirtió a la Selección Argentina en una marca querida en cada esquina del mundo, y elevó el nivel de exigencia y de belleza que el fútbol le debía al espectáculo.
Lo que queda cuando se apagan las luces del estadio
Hoy, con la incertidumbre todavía flotando sobre si volverá a vestir la celeste y blanca en algún amistoso o si aquella noche de Nueva Jersey fue, definitivamente, su despedida, hay una certeza que ningún resultado puede borrar: la Argentina tuvo la fortuna de ver jugar, con su propia camiseta, al mejor futbolista que haya existido. Y lo vio, además, recorrer el camino completo: el de la duda, el del dolor, el de la revancha y el de la gloria.
Tal vez todavía no hubo un último partido formal, un estadio lleno cantando su nombre por última vez, una vuelta olímpica de despedida. Pero para millones de argentinos, esa noche en Nueva Jersey, con Messi de rodillas sobre el césped, ya fue una despedida, aunque nadie la haya llamado así en voz alta. Y como toda gran despedida argentina, tuvo lo que siempre tiene lo nuestro: la tristeza de una final perdida, mezclada, inevitablemente, con el orgullo enorme de haber sido, durante todos estos años, el pueblo que lo vio jugar.


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