Pocas instituciones argentinas concentran tanto misterio, tanta historia y tan poca información verificada en el imaginario popular como la masonería. Detrás del secreto que históricamente rodeó a sus templos hay, sin embargo, una realidad cada vez más accesible: en distintos puntos del país, desde la Ciudad de Buenos Aires hasta Córdoba y Rosario, es posible recorrer edificios masónicos centenarios, descifrar su simbología y conocer de primera mano la historia de una organización que, guste o no, dejó una huella profunda en la construcción de la Argentina.
San Martín, Belgrano y el secreto mejor guardado de la independencia
Para entender el peso histórico de la masonería en el país hay que remontarse a los orígenes mismos de la patria. José de San Martín fue iniciado en la masonería en 1808, en la Logia Integridad de Cádiz, España, y su carrera dentro de la orden fue tan extensa como su carrera militar. Al llegar a Buenos Aires en 1812, fundó la Logia Lautaro, una organización de carácter secreto que funcionó como una suerte de consejo de gobierno paralelo, coordinando estrategias políticas y militares entre los principales referentes de la independencia sudamericana. Entre sus miembros más destacados figuraron Manuel Belgrano y, del otro lado de la cordillera, Bernardo O’Higgins.
San Martín continuó fundando logias lautarinas a medida que avanzaba su campaña libertadora: en 1814 constituyó la de Córdoba, y meses más tarde, ya como intendente de Cuyo, la de Mendoza. Junto a Belgrano, con quien compartía además el vínculo masónico, dieron forma a la llamada Logia del Ejército del Norte. El propio Belgrano había sido iniciado, a fines del siglo XVIII, en la Logia Independencia. Este entramado de logias no era casual: ofrecía una estructura organizativa clave para coordinar, con relativa discreción, la logística de un ejército y la administración de territorios en plena guerra de independencia.
Catorce presidentes bajo el mandil
El vínculo entre la masonería y el poder político argentino no se agotó con la independencia. Según registros de la propia Gran Logia y de investigaciones periodísticas, al menos catorce presidentes argentinos pertenecieron a la orden: Bernardino Rivadavia, Justo José de Urquiza, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Carlos Pellegrini, Manuel Quintana, Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza, Roque Sáenz Peña e Hipólito Yrigoyen, entre otros.
El episodio más recordado de este cruce entre masonería y política nacional es la llamada tenida histórica del 21 de julio de 1860, cuando Urquiza, Mitre y el entonces presidente Santiago Derqui, todos revestidos con el grado 33, el más alto de la orden, juraron solemnemente comprometerse por todos los medios posibles con la unidad nacional, en un intento de sellar la reconciliación entre Buenos Aires y la Confederación tras años de guerras civiles.
Sarmiento tuvo, dentro de este universo, un rol central. Iniciado en 1854 en la Logia Unión Fraternal de Valparaíso, Chile, fue uno de los fundadores de la Logia Unión del Plata N.º 1 en Buenos Aires y llegó a ocupar, el 12 de mayo de 1882, el cargo de Gran Maestre de la Masonería Argentina, en fórmula con Leandro N. Alem. La propia institución reivindica hasta hoy su influencia en la sanción de la Ley 1420 de educación común, laica, gratuita y obligatoria, que según la tradición masónica se habría gestado, en sus lineamientos generales, puertas adentro del templo porteño.
El templo que imita al de Salomón
La sede central de la Gran Logia de la Argentina, en Teniente General Juan Domingo Perón 1242, en el barrio de Balvanera, se construyó en 1872 por iniciativa de Charles Henry Pellegrini —padre del futuro presidente Carlos Pellegrini— y es, según registros propios de la institución, el edificio público en funcionamiento más antiguo de toda la Ciudad de Buenos Aires. Conocido como Palacio Cangallo, el edificio fue diseñado como una réplica simbólica del templo del rey Salomón, levantado según la tradición bíblica alrededor del año 960 antes de Cristo, y sus arquitectos cuidaron especialmente la acústica de sus salones, hoy comparada por los propios masones con la del Teatro Colón.
En el centro del Gran Templo se ubica el ara de los juramentos, donde tienen lugar los actos más solemnes de la logia, y sobre las paredes se conservan los retratos de los sucesivos Grandes Maestres que ocuparon ese lugar a lo largo de la historia, entre ellos Sarmiento y Mitre. Actualmente, la institución está presidida por el ingeniero en ciberseguridad Pablo Lázaro, quien asumió el cargo en 2023 y cuyo mandato se extiende hasta 2027, al frente de una organización que agrupa a más de 500 logias en todo el país.
El edificio abre sus puertas al público a través de visitas guiadas gratuitas los días martes y jueves, en el marco del ciclo Conociendo nuestra Sede Central, además de recorridos especiales de aproximadamente dos horas organizados por guías e investigadores externos, que incluyen el hall de entrada, la Gran Maestría, el sector de reuniones de las logias y una explicación detallada de los símbolos masónicos: el compás y la escuadra, el ojo que todo lo ve, el nivel y la plomada.
Un recorrido por los rincones ocultos de Buenos Aires
Más allá del templo central, Buenos Aires guarda un mapa de simbología masónica repartido por buena parte de su casco histórico, algo que distintos guías especializados en turismo temático vienen relevando desde hace años a través de recorridos denominados city tours masónicos. Estos circuitos combinan la visita a la sede de la Gran Logia con una lectura arquitectónica de la ciudad, deteniéndose en edificios públicos, monumentos y esquinas donde la simbología masónica —columnas, triángulos, ojos, soles radiantes— aparece integrada al diseño original.
Uno de los hitos urbanos que suele incluirse en estos recorridos es el monumento a Giuseppe Garibaldi, en Plaza Italia, inaugurado el 19 de junio de 1904 con la presencia, entre otras autoridades, del entonces Gran Maestre de la masonería local, Emilio Gouchón, en homenaje a otro referente histórico de la orden a nivel internacional.
El otro Buenos Aires: la simbología oculta de Recoleta
Uno de los capítulos más ricos de este recorrido es el Cementerio de la Recoleta. La propia Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico de la Ciudad de Buenos Aires lleva adelante desde hace años un relevamiento sistemático de la arquitectura funeraria con simbología masónica en el predio, con especial atención a las bóvedas de estética egipcia —pirámides, esfinges, escarabajos— que proliferaron a partir de la moda egiptológica del siglo XIX. Según ese trabajo, el cementerio se convirtió en un espacio privilegiado de expresión simbólica masónica a partir de 1863, cuando un decreto de laicización puso fin a su condición de camposanto exclusivamente católico, en el marco de una disputa por el entierro del doctor Blas Agüero, reconocido masón al que la Iglesia se negaba a sepultar en tierra consagrada. Investigadores especializados en arqueología funeraria documentaron, solo en Sudamérica, más de 200 tumbas de clara filiación masónica repartidas en decenas de cementerios, y organizan periódicamente visitas guiadas temáticas por Recoleta para quienes quieran aprender a leer esos códigos funerarios.
Córdoba: la Casa de la Masonería abre sus puertas en la Noche de los Museos
El circuito masónico argentino no se agota en la Capital Federal. En la ciudad de Córdoba, la Gran Logia de la Argentina tiene su sede regional en la calle Igualdad 80, un espacio que participa habitualmente de la Noche de los Museos organizada por la Universidad Nacional de Córdoba, permitiendo al público general acceder a sus templos masónicos, símbolos, arreos, medallas y demás material museológico en una de las pocas fechas del año en que la actividad se abre de manera masiva a los curiosos.
La elección de Córdoba no es casual: fue precisamente allí donde San Martín constituyó, el 24 de mayo de 1814, la Logia Lautaro de Córdoba, cuya acta fundacional se conserva hasta hoy, un dato que conecta directamente a la ciudad mediterránea con los orígenes mismos de la masonería sudamericana.
Rosario: templos con tres salas y próceres locales bajo el mandil
En Rosario, el templo masónico más importante de la ciudad funciona en un edificio conocido como Sociedad Filantrópica Unión, ubicado en la calle Laprida 1027, fundado en 1860 y con tres templos en su interior, cargados de simbología ligada al oficio original de la masonería operativa: escuadras, compases, niveles y cucharas asociadas al gremio constructor medieval que dio origen a la orden. El acceso al público suele estar restringido, aunque investigadores y medios locales lograron ingresar en distintas ocasiones para documentar su patrimonio.
La lista de masones rosarinos incluye a figuras centrales de la historia de la ciudad: el dirigente político Lisandro de la Torre, conocido como el fiscal de la República; Nicasio Oroño, gobernador impulsor de la ley de matrimonio civil y de la secularización de los cementerios; Ovidio Lagos, periodista y fundador del diario La Capital; y el educador Isaac Newell, patriarca del club de fútbol que hoy lleva su nombre. Buena parte de la simbología masónica de la ciudad puede rastrearse, además, en sitios como el Monumento a la Bandera y el Parque de la Independencia, así como en distintos edificios del recorrido conocido como Paseo del Siglo, sobre calle Córdoba, una de las zonas de mayor valor patrimonial del centro rosarino.
Más allá de la política: masones en la cultura popular
La huella masónica argentina no se limita al panteón de próceres y presidentes. Investigaciones periodísticas señalan que también integraron logias figuras del ámbito cultural y deportivo, ampliando el mapa de lo que la orden dejó en la identidad popular del país más allá de la vida institucional, un dato que suele sorprender a quienes participan de las visitas guiadas y que los propios guías utilizan para acercar la temática a públicos no especializados.
Un patrimonio para descubrir con otros ojos
Lo que emerge de este recorrido por distintas provincias argentinas es la imagen de una masonería que, lejos de la imagen puramente secreta que suele atribuírsele, dejó una huella material y verificable en la arquitectura, los monumentos, la educación y las instituciones del país. Para el turismo cultural e histórico, esto representa una oportunidad todavía poco explotada: circuitos que combinan historia política, patrimonio arquitectónico y un componente de misterio que atrae naturalmente a un perfil de viajero cada vez más numeroso, ávido de experiencias que vayan más allá de la postal turística tradicional.
Desde el Gran Templo de Buenos Aires, diseñado como réplica del templo de Salomón, hasta la Casa de la Masonería en Córdoba y los templos rosarinos de Laprida, pasando por las bóvedas egipcias de Recoleta y las logias que San Martín fundó en su cruce hacia la libertad americana, la Argentina ofrece un mapa masónico propio, con capítulos en distintas provincias, que espera a quienes disfrutan de descifrar la historia detrás de los símbolos.


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