Por qué ahorrar agua, reducir residuos, electrificar vehículos o desconcentrar turistas no alcanza por sí solo. El verdadero desafío es comprender al destino como un sistema vivo, donde cada decisión modifica el territorio, la economía, la vida de los residentes y la experiencia del visitante.
Durante años, la conversación sobre turismo sostenible se apoyó en una idea aparentemente sencilla: si conseguimos reducir el impacto ambiental de cada actividad turística, estamos haciendo más sostenible el destino.
Un hotel que consume menos agua es mejor que uno que consume más. Un vehículo eléctrico contamina menos que uno impulsado por combustibles fósiles. Separar residuos es mejor que enviarlos directamente a un vertedero. Incorporar energías renovables, proteger un bosque, reducir emisiones, contratar trabajadores locales o recuperar un espacio degradado son, sin dudas, avances.
Pero existe una pregunta mucho más difícil y, al mismo tiempo, mucho más interesante:
¿qué sucede con el destino completo cuando todas esas mejoras empiezan a interactuar entre sí?
Allí aparece una de las grandes discusiones que debería ocupar hoy un lugar central en la agenda turística de América Latina y del mundo hispanohablante.
Porque un destino no es un hotel, una playa, un parque nacional, un aeropuerto o una estadística de visitantes. Es una red de relaciones.
Y esa red está formada por residentes, turistas, trabajadores, empresas, gobiernos, viviendas, transporte, agua, energía, ecosistemas, patrimonio, infraestructura, inversión, empleo y cultura.
Todo está conectado.
La sostenibilidad, entonces, deja de ser una especie de certificado que un destino obtiene para convertirse en un proceso permanente de adaptación, medición y toma de decisiones.
El problema de mirar solamente los indicadores positivos
Imaginemos un destino turístico latinoamericano que decide implementar un ambicioso programa de sostenibilidad.
Los hoteles reducen un 20% el consumo de agua por huésped. Se instalan paneles solares. Se incorporan autobuses eléctricos. Se reciclan residuos. Se crean nuevas rutas turísticas para desconcentrar a los visitantes. La temporada turística se amplía de cuatro a ocho meses y se generan nuevos puestos de trabajo.
Sobre el papel, todo parece extraordinario.
Pero después ocurre algo inesperado.
Como el destino se vuelve más atractivo, llegan más turistas. Se construyen nuevos hoteles. Aumenta la población temporal. Se incrementa la demanda de viviendas para trabajadores. Suben los alquileres. Crece el tránsito. Se necesitan nuevas carreteras. Aumenta la generación absoluta de residuos. Se consume más agua, aunque cada turista individual consuma menos.
¿El destino es más sostenible o menos sostenible?
La respuesta no puede encontrarse mirando un único indicador.
Y justamente allí está el problema.
La Organización Mundial del Turismo —hoy ONU Turismo— viene impulsando desde hace años una mirada basada en la medición integral de los destinos. Su red INSTO trabaja con áreas que incluyen satisfacción de los residentes, beneficios económicos, empleo, estacionalidad, energía, agua, aguas residuales, residuos, gobernanza, accesibilidad y acción climática.
Es decir: la sostenibilidad turística no puede reducirse a cuánto recicla un hotel.
América Latina: un laboratorio de desafíos turísticos
Para América Latina y el Caribe esta discusión adquiere una importancia todavía mayor.
La región concentra algunos de los paisajes, ecosistemas y patrimonios culturales más extraordinarios del planeta: Andes, Amazonia, Patagonia, Caribe, selvas mesoamericanas, desiertos, humedales, ciudades históricas, comunidades indígenas, áreas protegidas, costas y territorios rurales.
Pero buena parte de esos atractivos turísticos también son territorios frágiles.
Y allí aparece una paradoja.
El mismo recurso que atrae al visitante puede ser el recurso que el turismo termine presionando.
Una playa necesita agua y ecosistemas costeros saludables para seguir siendo atractiva.
Una montaña necesita senderos, vegetación y estabilidad ambiental.
Una ciudad histórica necesita habitantes para conservar su identidad.
Una comunidad rural necesita territorio, vivienda, servicios y oportunidades económicas para evitar convertirse simplemente en un escenario turístico.
Una isla necesita agua dulce, energía, gestión de residuos y capacidad de tratamiento de aguas residuales.
El turismo depende de todo eso.
Por eso, destruir las condiciones que hacen atractivo un destino equivale, en última instancia, a destruir su propio producto turístico.
El BID señala precisamente la necesidad de diagnosticar los efectos económicos, ambientales y sociales del turismo, fortalecer la gobernanza y mejorar la distribución de los beneficios a nivel local.
Y un nuevo informe del BID y ONU Turismo publicado en 2026 pone el foco en los observatorios turísticos sostenibles como herramientas para recopilar datos, identificar riesgos, mejorar la gobernanza y tomar decisiones basadas en evidencia en América Latina y el Caribe. El trabajo analiza experiencias, entre otros países, de Argentina, Brasil, Colombia, México y Ecuador.
La conclusión es potente: si no sabemos qué está pasando realmente en el territorio, difícilmente podamos gestionarlo de manera sostenible.
El agua: el ejemplo perfecto de una sostenibilidad que puede engañarnos
Pensemos nuevamente en el indicador de consumo de agua.
Un hotel instala duchas eficientes, sistemas de recuperación de aguas grises, sensores y dispositivos de reducción del consumo.
El consumo por turista disminuye.
Excelente noticia.
Pero si simultáneamente se multiplican las plazas hoteleras y llegan muchos más visitantes, el consumo total puede continuar creciendo.
Y hay algo todavía más importante: el agua que utiliza el turismo no existe separada del agua que necesitan los residentes, la agricultura, los ecosistemas y otras actividades económicas.
ONU Turismo advierte que el agua puede convertirse en una limitación para el desarrollo turístico e incluso generar conflictos con las comunidades locales cuando es escasa. Por eso propone medir no solamente el consumo turístico, sino también disponibilidad, reutilización, tratamiento y calidad del recurso.
En América Latina el problema tiene una dimensión particular.
El BID ha señalado los enormes desafíos que enfrenta la región en materia de agua y saneamiento, incluyendo casos estudiados en Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, México y Perú.
Por eso, decir que un hotel “ahorra agua” es insuficiente.
La pregunta verdaderamente sostenible sería:
¿El sistema turístico completo está consumiendo agua a una velocidad compatible con la disponibilidad presente y futura del territorio?
La diferencia entre ambas preguntas parece pequeña.
En realidad, cambia completamente la forma de planificar.
Desestacionalizar también transforma el territorio
Durante décadas, desestacionalizar fue uno de los grandes objetivos del turismo.
Y tiene lógica.
Una temporada turística demasiado corta genera empleos temporales, negocios que permanecen cerrados durante meses, infraestructura infrautilizada y fuerte concentración de visitantes.
Distribuir la demanda durante todo el año puede generar empleo más estable y fortalecer las economías locales.
Pero tampoco es una solución automática.
Cuando un destino pasa de recibir visitantes durante tres meses a recibirlos durante nueve, cambian sus necesidades.
Hay más trabajadores durante más tiempo.
Hay mayor demanda de vivienda.
Los servicios públicos funcionan durante más meses a mayor intensidad.
Aumenta el transporte.
Los comercios modifican sus horarios.
Los residentes experimentan nuevas dinámicas.
La presión sobre los recursos deja de estar concentrada y puede transformarse en una presión permanente.
La OCDE advierte precisamente que la reducción de la estacionalidad puede favorecer empleos más estables y economías locales más resilientes, pero también subraya la necesidad de gestionar los impactos sobre recursos, infraestructura y comunidades.
Por eso, desestacionalizar no significa simplemente conseguir turistas en meses que antes estaban vacíos.
Significa preguntarse qué tipo de destino estamos construyendo durante esos meses.
Cuando desconcentrar turistas puede trasladar el problema
Otra estrategia cada vez más utilizada consiste en llevar visitantes desde los destinos saturados hacia lugares menos conocidos.
En principio parece una excelente idea.
Si una ciudad recibe demasiados turistas, promocionemos los pueblos cercanos.
Si una playa está saturada, descubramos otra.
Si un sendero está colapsado, abramos nuevas rutas.
Pero nuevamente aparece la pregunta sistémica:
¿esas nuevas comunidades están preparadas para recibirlos?
Un pequeño municipio rural puede tener una infraestructura de saneamiento diseñada para una población reducida.
Un parque natural puede contar con pocos guardaparques.
Un pueblo puede disponer de una cantidad limitada de viviendas.
Una carretera secundaria puede no soportar grandes flujos de vehículos.
Un ecosistema puede tener una capacidad de recuperación mucho menor que el destino que se pretende descongestionar.
La OCDE advierte que redistribuir visitantes puede ayudar a aliviar la presión sobre los grandes destinos, pero solamente si los nuevos territorios cuentan con infraestructura sostenible, servicios municipales y planificación suficiente. De lo contrario, simplemente se trasladan los problemas de un lugar a otro.
Desconcentrar no es solucionar. Gestionar sí.
Machu Picchu y una palabra que vuelve a cobrar importancia: capacidad
Uno de los ejemplos más interesantes de América Latina es Machu Picchu.
El caso peruano demuestra que la capacidad de un destino no necesariamente puede expresarse mediante un número fijo para siempre.
Para 2026, las autoridades peruanas establecieron un máximo de 5.600 visitantes diarios durante determinados períodos de temporada alta y 4.500 durante temporada regular. Además, en noviembre de 2025, el Ministerio de Cultura, junto con los ministerios de Ambiente y Comercio Exterior y Turismo, acordó iniciar un nuevo estudio de capacidad de carga y límite aceptable del Santuario Histórico de Machupicchu.
Esto es importante por una razón conceptual.
La capacidad de un destino no depende únicamente de cuántas personas caben físicamente en un lugar.
También intervienen la conservación del patrimonio, los ecosistemas, la infraestructura, la experiencia del visitante, la gestión de los flujos y la capacidad institucional.
La capacidad, en consecuencia, puede ser dinámica.
Y eso debería cambiar la manera en que pensamos el turismo.
Galápagos: cuando el atractivo turístico es también un sistema extremadamente frágil
Galápagos ofrece otro ejemplo particularmente revelador.
El archipiélago recibió 279.277 visitantes durante 2024, según el Parque Nacional Galápagos. Los ingresos generados por las tasas de entrada se destinan, entre otros fines, a conservación y gestión sostenible.
Pero detrás del número de visitantes existe una red mucho más compleja.
El propio Parque Nacional señala que el crecimiento económico y poblacional ha aumentado la demanda de bienes y servicios y que una gestión inadecuada de residuos puede afectar aguas superficiales y subterráneas, con consecuencias tanto para la población como para la flora y fauna.
Incluso investigaciones sobre Santa Cruz han encontrado una fuerte relación entre turismo y demanda hídrica, mostrando la necesidad de gestionar el agua como un elemento central de la sostenibilidad insular.
Aquí aparece nuevamente la pregunta fundamental:
¿qué sucede cuando el crecimiento turístico mejora la economía, pero simultáneamente aumenta la presión sobre los sistemas naturales que hacen posible ese mismo turismo?
No hay una respuesta sencilla.
Y justamente por eso necesitamos abandonar las respuestas sencillas.
El turismo también transforma la vivienda
Hay una dimensión de la sostenibilidad que durante mucho tiempo quedó relegada frente a las cuestiones ambientales: la vivienda.
Pero un destino no puede considerarse saludable si sus trabajadores no pueden vivir allí.
Cuando la llegada de visitantes incrementa el valor inmobiliario y transforma viviendas permanentes en alojamientos turísticos, el problema deja de ser exclusivamente turístico.
Se convierte en un problema urbano y social.
La OCDE identifica precisamente la presión turística sobre el mercado inmobiliario como uno de los impactos que pueden desplazar a residentes de áreas tradicionales y reducir la disponibilidad de suelo residencial.
Esto resulta especialmente relevante para las grandes ciudades latinoamericanas y los destinos costeros.
Porque detrás de una habitación turística puede existir una pregunta mucho más profunda:
¿quién puede seguir viviendo en el destino que estamos promocionando?
La sostenibilidad también significa que las personas que trabajan en hoteles, restaurantes, agencias, parques, aeropuertos, transportes y actividades recreativas puedan tener condiciones dignas para vivir.
Más turistas no necesariamente significa más desarrollo
Existe otra trampa habitual: confundir crecimiento turístico con desarrollo turístico.
Más visitantes pueden significar más ingresos.
Pero también pueden significar mayores costos.
Más vuelos.
Más residuos.
Más agua.
Más infraestructura.
Más congestión.
Más inversión.
Más empleo.
Pero también, eventualmente, más alquileres, mayor presión territorial, pérdida de identidad, deterioro ambiental o desplazamiento de actividades tradicionales.
Por eso resulta fundamental medir cuánto dinero queda realmente en el territorio.
ONU Turismo incluye dentro de su enfoque de medición aspectos como empleo, inversiones, ingresos, gasto de la comunidad y las llamadas “fugas” económicas, es decir, recursos que se generan gracias al turismo pero no necesariamente permanecen en la economía local.
Un destino puede recibir millones de turistas y, sin embargo, generar relativamente poco bienestar para sus habitantes.
También puede ocurrir lo contrario: recibir menos visitantes, pero conseguir que una mayor proporción del gasto turístico quede en empresas, productores, artesanos, guías y comunidades locales.
La pregunta no debería ser solamente cuántos turistas llegan.
Deberíamos preguntar:
¿qué dejan? ¿qué consumen? ¿quién gana? ¿quién paga los costos?
El residente no puede ser una estadística secundaria
Existe una diferencia fundamental entre un destino turístico atractivo y un destino turístico habitable.
El primero puede ser maravilloso para quien llega durante una semana.
El segundo también tiene que funcionar para quien vive allí durante todo el año.
Por eso la satisfacción de los residentes se ha convertido en uno de los indicadores centrales de la sostenibilidad turística internacional. ONU Turismo considera que conocer cómo percibe la población local el turismo permite detectar conflictos y problemas antes de que se conviertan en crisis.
Esta cuestión es especialmente importante en América Latina.
Porque turismo sostenible no debería significar únicamente:
“que el turista disfrute”.
También debería significar:
“que la comunidad quiera seguir viviendo en el destino”.
Esa diferencia es enorme.
Entonces, ¿existe realmente un destino turístico sostenible?
Tal vez la respuesta más honesta sea que no existe un destino sostenible de una vez y para siempre.
Existe, en cambio, un destino que está intentando mantener un equilibrio dinámico entre lo que recibe y lo que consume, entre crecimiento y conservación, entre visitantes y residentes, entre inversión y distribución de beneficios, entre infraestructura y territorio.
El destino cambia.
El clima cambia.
La economía cambia.
Los hábitos del viajero cambian.
Las tecnologías cambian.
La población cambia.
Los ecosistemas cambian.
Por lo tanto, la sostenibilidad también debe cambiar.
Un destino que fue sostenible hace diez años puede dejar de serlo si su población turística se multiplica.
Una política que funcionó ayer puede ser insuficiente mañana.
Una infraestructura que hoy parece adecuada puede quedar superada por el crecimiento.
Y un indicador que muestra una mejora puede ocultar un problema que se está desarrollando en otro punto del sistema.
¿Cómo debería medirse entonces la sostenibilidad de un destino?
La respuesta comienza por abandonar los indicadores aislados y construir una especie de “tablero integral” del territorio.
Un destino debería saber, como mínimo:
Agua
Cuánta agua consume el turismo, de dónde procede, cuál es la disponibilidad del recurso, cuánto se reutiliza, qué porcentaje de aguas residuales recibe tratamiento y cómo afecta el consumo turístico a residentes y ecosistemas.
Energía y clima
Cuánta energía utiliza la actividad turística, qué fuentes emplea, cuánto depende de combustibles fósiles y cuáles son las emisiones directas e indirectas asociadas.
ONU Turismo advierte que medir energía turística es complejo porque no basta con analizar hoteles: también deben considerarse transporte, aeropuertos, carreteras, construcción y otros componentes de la cadena turística.
Residuos
Cuánto residuo genera cada visitante, cuánto se recupera, cuánto termina en disposición final y qué ocurre durante los períodos de mayor demanda.
Biodiversidad
Qué ecosistemas reciben presión turística, cuáles son sus límites, cómo evolucionan y qué mecanismos existen para conservarlos y restaurarlos.
Economía local
Cuánto dinero genera el turismo, cuánto queda en la comunidad, qué porcentaje corresponde a empresas locales y cómo se distribuyen los beneficios.
Empleo
Cuántos puestos de trabajo genera, qué calidad tienen, cuánto duran, qué salarios ofrecen y qué posibilidades de desarrollo profesional existen.
Vivienda
Cómo afecta el turismo al precio y disponibilidad de viviendas para residentes y trabajadores.
Movilidad
Cómo llegan los visitantes, cómo se desplazan dentro del destino, cuánto transporte genera la actividad y qué presión produce sobre calles, rutas y sistemas públicos.
Residentes
Qué piensa la comunidad, qué beneficios percibe y cuáles son los costos que experimenta.
Gobernanza
Quién toma las decisiones, qué organismos participan, qué información existe y, sobre todo, si las políticas turísticas están coordinadas con ambiente, vivienda, transporte, agua, urbanismo y desarrollo económico.
Estas áreas coinciden en buena medida con los ámbitos que actualmente utilizan los observatorios de turismo sostenible de ONU Turismo.
La gran transformación: pasar de “turismo sostenible” a “destinos resilientes”
Quizás el próximo salto conceptual no consista solamente en hablar de turismo sostenible.
También tendremos que hablar de destinos resilientes.
Resilientes frente al cambio climático.
Frente a las sequías.
Frente a incendios.
Frente a inundaciones.
Frente a crisis económicas.
Frente a cambios en los mercados emisores.
Frente a nuevas tecnologías.
Frente a la saturación.
Frente a la pérdida de biodiversidad.
Frente a la falta de vivienda.
Frente a la dependencia excesiva de una sola actividad económica.
En este sentido, América Latina tiene una enorme oportunidad.
La región no necesita copiar modelos turísticos desarrollados en otras partes del mundo.
Necesita construir modelos propios, capaces de combinar naturaleza, cultura, comunidades, innovación, empleo, infraestructura y competitividad.
Y para hacerlo necesita algo que hasta hace poco parecía secundario:
información de calidad.
Los observatorios turísticos están adquiriendo precisamente ese papel. El BID y ONU Turismo destacan que contar con datos locales, regulares y confiables permite detectar riesgos, identificar oportunidades y mejorar la planificación y la gestión de los destinos.
El futuro del turismo no se decidirá solamente en los hoteles
El futuro del turismo latinoamericano tampoco se decidirá únicamente en las oficinas de las secretarías de Turismo.
Se decidirá en las ciudades.
En los barrios.
En los parques nacionales.
En las cuencas hídricas.
En las comunidades rurales.
En las rutas.
En los aeropuertos.
En las universidades.
En las empresas.
En las organizaciones comunitarias.
Y, sobre todo, en la capacidad de todos esos actores para comprender que el turismo es parte de un sistema mucho más grande que la actividad turística.
Un hotel puede ser eficiente.
Un aeropuerto puede reducir emisiones.
Un destino puede reciclar.
Una empresa puede eliminar plásticos.
Un parque puede limitar visitantes.
Pero si todas esas acciones no están conectadas con una estrategia territorial, pueden producir resultados parciales e incluso contradictorios.
La sostenibilidad verdadera comienza cuando dejamos de preguntar únicamente:
“¿Qué tan sostenible es esta actividad?”
Y empezamos a preguntar:
“¿Qué tipo de territorio estamos construyendo con todas estas actividades juntas?”
La pregunta que debería abrir cualquier plan turístico
Tal vez haya llegado el momento de cambiar definitivamente la conversación.
No se trata de buscar el destino perfecto.
No se trata de conseguir una etiqueta y colocarla en una campaña de promoción.
Tampoco de alcanzar un número determinado de turistas ni de llenar un tablero con indicadores verdes.
Se trata de construir destinos capaces de aprender, corregir, adaptarse y evolucionar sin destruir las condiciones naturales, sociales, culturales y económicas que les permiten existir.
Porque un destino turístico no es una fotografía.
Es una comunidad viva.
Es un paisaje que cambia.
Es una economía que se transforma.
Es una cultura que evoluciona.
Es un ecosistema con límites.
Es una red de personas que dependen unas de otras.
Y quizás la pregunta más importante para quienes planifican el turismo de América Latina durante las próximas décadas no sea:
¿Cuántos turistas podemos recibir?
Sino una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué destino estamos construyendo cada vez que decimos que una decisión es “sostenible”?
La respuesta a esa pregunta determinará mucho más que el futuro del turismo.
Determinará, en buena medida, el futuro de los propios lugares que queremos seguir visitando.
Para tener en cuenta: una mirada práctica para destinos latinoamericanos
Para un municipio, provincia, estado, región o área protegida que quiera avanzar hacia una gestión turística verdaderamente sostenible, el primer paso debería ser construir una línea de base territorial antes de lanzar nuevas campañas para atraer visitantes.
Eso implica saber cuánta población vive allí, cuántos visitantes recibe, cuánto tiempo permanecen, dónde se concentran, cuánto gastan, qué cantidad de agua y energía demanda el turismo, cuántos residuos genera, cómo funciona el saneamiento, qué ocurre con los alquileres, cuántos empleos genera, cuánto dinero queda en manos locales, cuáles son los ecosistemas sensibles y qué percepción tienen los residentes.
Después habrá que definir límites, escenarios y objetivos.
Y, fundamentalmente, medir periódicamente.
Porque la sostenibilidad no es una meta que se alcanza y se archiva.
Es un proceso de gestión permanente.
En América Latina, donde el turismo puede convertirse en una poderosa herramienta de desarrollo económico y social, pero también ejercer una enorme presión sobre territorios frágiles, esa diferencia puede ser decisiva. El BID sostiene que la región tiene un amplio margen para transformar su potencial turístico en mayores beneficios para las economías locales mediante acciones vinculadas con sostenibilidad, conectividad, capital humano, inversión y coordinación.
El verdadero destino sostenible no será el que consiga demostrar que no genera impactos. Será aquel que conozca sus impactos, los mida, los discuta con su comunidad y tenga capacidad para corregir el rumbo antes de que sea demasiado tarde.
Fuentes de referencia: ONU Turismo/INSTO, Banco Interamericano de Desarrollo, CEPAL, OCDE, Ministerio de Cultura del Perú y Parque Nacional Galápagos.


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