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1 septiembre, 2026
Foto de Mar del Plata

Menos turistas, menos plata: El turismo bonaerense paga la factura del plan económico

Hay una frase que debería quedar grabada en cualquier análisis serio de la temporada de invierno 2026 en la Provincia de Buenos Aires: “hay movimiento, pero no hay gasto”. La dijo Soledad Martínez, subsecretaria de Turismo bonaerense, y no es una metáfora ni una exageración retórica. Es, lisa y llanamente, el diagnóstico de una industria que se está vaciando por dentro mientras el relato oficial sigue hablando de sendero de recuperación.

Los números son elocuentes y conviene no diluirlos entre eufemismos. La Provincia recibió 790.000 turistas durante las vacaciones de invierno, un 11,5% menos que en 2025 y un 22,3% menos que en 2023. El gasto turístico total cayó a 320.000 millones de pesos, un 10,7% menos en términos reales que el año pasado y un 25,5% por debajo de 2023. Y todo esto ocurrió mientras la inflación acumulada entre esos dos períodos llegó al 552%. No hace falta ser economista para entender lo que significa: la gente sigue moviéndose, pero cada vez tiene menos plata para gastar cuando llega a destino.

Un modelo que descarga el costo sobre el bolsillo de la gente

Durante meses, el Gobierno Nacional presentó su Plan Económico como una cura amarga pero necesaria. El problema es que la cura lleva ya demasiado tiempo y el paciente sigue perdiendo peso. El propio sector oficial bonaerense lo admite: la actividad turística viene “en picada desde el verano”, y la caída no se explica por una temporada puntual ni por errores de promoción, sino por una pérdida sostenida de poder adquisitivo en los hogares argentinos.

Esa pérdida tiene nombre y apellido: un esquema de ajuste que combina dólar planchado, inflación anual por encima del 30% y una recesión inducida como herramienta de estabilización. El resultado, en el terreno concreto, es gente que puede viajar pero ya no puede comer afuera; que puede alojarse pero acorta la estadía; que llega a Mar del Plata, Tandil, Villa Gesell o San Pedro y directamente resigna excursiones, restaurantes y actividades. Las habitaciones ocupadas dejaron de ser sinónimo de destino que funciona.

La tendencia no es un accidente de una temporada

Lo más grave no es el dato aislado del invierno, sino la serie completa. Durante los siete fines de semana largos del año, la Provincia recibió 2,4 millones de turistas, un 28,5% menos que en 2024. En el verano 2025/26, comparado con el verano 2022/23, se perdieron más de 1,2 millones de turistas y el consumo se derrumbó más del 41,5%. Los ingresos reales del verano cayeron 29% respecto de la temporada anterior. Verano, fines de semana largos, invierno: en los tres momentos clave del calendario turístico bonaerense la foto es la misma, y esa repetición es la prueba de que no se trata de un bache, sino de una tendencia estructural que corre en paralelo al programa económico nacional.

El sector empresario, entre la crítica y la negación

Resulta llamativo -y hasta incómodo- que buena parte del empresariado turístico describa la situación como “insostenible” o “crítica” sin animarse a nombrar la causa central. Claudia Álvarez Argüelles, del grupo que administra hoteles de alta gama como Costa Galana y Grand Brizzo, habló de un momento “muy crítico” y admitió que no hay horizonte bueno a corto plazo. Pero atribuyó el fenómeno a una genérica “transformación” de la estructura económica del país, sin mencionar el ajuste como factor determinante.

Esa reticencia no es casual. Una parte del sector privado adhirió durante años al ideario de “sinceramiento de precios” y ajuste fiscal, y ahora le cuesta reconocer que ese mismo modelo es el que está vaciando sus hoteles de tres estrellas y golpeando a los prestadores más chicos, aunque los establecimientos de alta gama logren sostenerse mejor gracias a un segmento de turistas de alto poder adquisitivo que no resigna sus viajes. La consecuencia es un sector dual: arriba, una porción minoritaria que sigue consumiendo con normalidad; abajo, la enorme mayoría de argentinos que directamente dejó de poder planificar sus vacaciones como antes.

Cuando el turismo funciona como termómetro de toda la economía

El turismo tiene un efecto multiplicador que va mucho más allá de la ocupación hotelera: restaurantes, bares, agencias, transportistas, prestadores de excursiones y economías locales enteras dependen de ese derrame. Cuando cae el gasto turístico, no cae solamente un sector: cae una cadena completa de ingresos en decenas de localidades bonaerenses que construyeron buena parte de su economía alrededor de la actividad.

Frente a ese escenario, la respuesta provincial -Aportes No Reintegrables para fiestas populares, líneas del Programa de Desarrollo Turístico, beneficios de Banco Provincia y Cuenta DNI- funciona, en el mejor de los casos, como un paliativo. Son herramientas de promoción y financiamiento que pueden sostener algo de demanda puntual, pero que no tienen capacidad de compensar una caída sostenida del poder adquisitivo a nivel nacional. Es, en los hechos, la Provincia tratando de tapar con parches locales un agujero que se abre desde la política económica nacional.

La pregunta que el oficialismo nacional prefiere no responder

El dato final es el más incómodo de todos: mientras el turismo interno se desangra, los argentinos que todavía conservan capacidad de gasto encuentran en el exterior alternativas más competitivas que buena parte de los destinos del país. Es decir, el propio esquema cambiario que el Gobierno Nacional presenta como un logro -un dólar que permite viajar afuera más barato- termina restándole competitividad al turismo interno, mientras ese mismo turismo interno pierde a la vez el poder de consumo de sus visitantes habituales. Es difícil imaginar una combinación más perjudicial para los destinos bonaerenses.

La pregunta de fondo, entonces, no admite demasiadas vueltas: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse una industria turística cuando el propio modelo económico que la administra les saca plata del bolsillo a quienes deberían viajar y consumir? Los números de esta temporada de invierno, las peores desde la pandemia según la propia Provincia, empiezan a dar una respuesta que al Gobierno Nacional le cuesta admitir.

Vale aclarar que el Gobierno Nacional y sus voceros sostienen una lectura distinta del proceso: para el oficialismo, la recesión actual es un costo transitorio de la estabilización macroeconómica -baja de la inflación, orden fiscal, eliminación de distorsiones cambiarias- y sostienen que la recuperación del consumo, incluido el turístico, llegará una vez consolidados esos equilibrios. Es una discusión legítima sobre plazos y prioridades que excede a este artículo, pero que conviene tener presente al leer estos números: lo que para la Provincia y buena parte del sector es una crisis en curso, para la Nación es, todavía, una etapa del plan.

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