La provincia de Buenos Aires no va a montar su stand en la Feria Internacional de Turismo de América Latina este año. La noticia, anunciada por la subsecretaria de Turismo, Soledad Martínez, durante la reunión del Consejo Federal de Turismo, tiene un número detrás que explica buena parte de la decisión: casi $1.000 millones es lo que le costaba a la Provincia ocupar sus habituales 850 m² en La Rural. Ese dinero, dijo Martínez, ahora va a ir directo a destinos y prestadores.
Vale hacer la cuenta simple, porque es la que probablemente hizo el propio gobierno bonaerense: casi $1,2 millones por cada metro cuadrado, en una feria que dura apenas unos días. Para un sector que según la propia funcionaria atravesó “las peores vacaciones de invierno que se tengan recuerdo después de la pandemia”, con caída de consumo y menor poder adquisitivo golpeando a hoteles, gastronomía y excursiones, ese número empieza a sonar menos a inversión en promoción y más a un lujo que ya no cierra.
Buenos Aires no es la única que lo viene pensando. La provincia también achicó su presencia en Meet Up Argentina y no participará con espacio propio en Hotelga, otras dos ferias del calendario turístico nacional. Mar del Plata tuvo que salir a negociar directamente con los organizadores de Meet Up para no perder visibilidad después del recorte provincial, lo que da una idea de cuánto dependen los destinos de que la Provincia les preste paraguas institucional en estos eventos.
El problema es que FIT y La Rural no funcionan en el vacío: si el organismo público más grande del país, con 135 municipios detrás, hace ese cálculo y decide que no le cierra, cabe preguntarse qué pasa con las cámaras de turismo más chicas, los prestadores familiares o los municipios del interior que arman su presupuesto anual pensando en esos tres días de feria. Un stand institucional grande diluye costos entre docenas de expositores; uno chico, no. La estructura de precios de la feria parece pensada para quien puede pagarla, no para quien más necesita mostrarse.
Todavía no está claro si Buenos Aires mantendrá algún tipo de presencia reducida en FIT o si directamente quedará afuera este año, ni cómo se van a repartir los fondos reasignados entre programas de asistencia, incentivos al consumo o ayuda directa a los destinos. Lo que sí queda claro es que la decisión pone en la mesa una discusión que el sector viene esquivando hace tiempo: si el modelo de ferias presenciales, con estructuras de costos pensadas para otra época del bolsillo turístico, sigue siendo el mejor uso de la plata pública en un año en que, según la propia Martínez, “sobre todo cayó el consumo, y creo que eso es algo generalizado”.


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