Hay un dato que suele pasar desapercibido en cualquier análisis de mercado turístico: entre 300 y 400 millones de personas se desplazan cada año por motivos de fe en todo el mundo, generando un impacto económico de 18.000 millones de dólares. No es un nicho marginal ni una curiosidad estadística: es una de las corrientes de viaje más consistentes del planeta, sostenida no por una moda pasajera sino por algo mucho más antiguo y estable que cualquier tendencia de Instagram: la devoción.
Y sin embargo, la región que alberga la mayor población creyentes del mundo y más de 3.000 santuarios católicos —las Américas— llega tarde a esta conversación. Mientras Europa lleva décadas estructurando rutas de peregrinación con políticas públicas coordinadas, promoción internacional y cadena de valor turística completa, el continente americano todavía gestiona buena parte de su patrimonio espiritual como un fenómeno espontáneo, sin la arquitectura institucional que sí tiene otros mercados. Esa es, exactamente, la paradoja que buscó resolver el I Congreso Internacional de Turismo Religioso “Tierra de Fe Viva”, celebrado recientemente en San Salvador.
El Salvador, un caso de estudio sobre reconversión turística
Que la capital salvadoreña haya sido elegida sede del congreso no fue casualidad. El país centroamericano protagoniza una de las transformaciones más comentadas del turismo regional de los últimos años, apoyada en una mejora sustancial de las condiciones de seguridad. La ministra de Turismo, Morena Valdez, destacó que ese nuevo escenario permitió un crecimiento sin precedentes, con 4,1 millones de visitantes internacionales y millas de empleos generados a partir de la recuperación del espacio público. La apuesta salvadoreña es clara: convertirse en referente continental del turismo religioso y cultural, demostrando que la seguridad y la reactivación de la devoción popular pueden ir de la mano.
Rutas que ya mueven masas: el caso peruano
Uno de los anuncios más relevantes del congreso fue la presentación oficial de las Rutas del Papa León XIV en Perú, la primera ruta de turismo religioso del continente financiada directamente por el Estado, con una inversión de 10 millones de soles. El itinerario conecta regiones clave como Piura, La Libertad, Callao y Lambayeque, uniendo 29 atractivos turísticos donde la arqueología y la fe conviven en un mismo recorrido. Entre sus puntos más destacados figuran la Catedral de Chiclayo, el Bosque de Pómac y la Cruz de Chalpón de Motupe, un sitio de devoción que por sí solo convoca a un millón de fieles cada año, una cifra que cualquier destino turístico convencional envidiaría.
El peso demográfico de los grandes centros de fe del continente es, en sí mismo, un argumento de negocio contundente: la Basílica de Guadalupe, en México, se mantiene como el santuario más visitado del mundo con 22 millones de peregrinos anuales, seguida por Aparecida, en Brasil, con 12 millones, y por Luján, en Argentina, con 7 millones. A eso se suman proyectos innovadores como la Catedral de Sal de Zipaquirá, en Colombia, y las gestiones en curso para declarar a la devoción de los Cristos de Esquipulas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Un manifiesto contra la banalización de lo sagrado
El cierre del congreso dejó un documento de peso: el Manifiesto de San Salvador, firmado por las delegaciones internacionales presentes, que busca equilibrar la promoción económica del turismo religioso con el respeto genuino a la espiritualidad de cada sitio. El texto advierte explícitamente sobre los riesgos de la comercialización excesiva de los espacios de culto, instalando a autoridades y empresarios a no convertir lugares sagrados en productos de entretenimiento vacíos de significado. El manifiesto traza además de una distinción importante, pero también una complementariedad: la peregrinación tradicional, motorizada por la devoción y el sacrificio personal, no es lo mismo que el turismo cultural de motivación histórica, aunque ambos puedan convivir en un mismo destino sin contradecirse.
Argentina, con Luján a la cabeza y un mapa de fe mucho más amplio
El congreso confirmó lo que cualquier operador turístico argentino ya intuye: Luján, con sus 7 millones de peregrinos anuales, es uno de los grandes polos de fe de todo el continente americano. Conocida como la Capital Nacional de la Fe, la ciudad bonaerense recibe cada año dos peregrinaciones masivas propias: la de los jóvenes, en octubre, y la peregrinación gaucha a caballo, que se realiza desde 1940 en la segunda quincena de septiembre. Su imponente Basílica neogótica, construida entre 1887 y 1935, es el Santuario Nacional de la Argentina y funciona como ancla de un circuito que combina fe, historia colonial y patrimonio urbano, con la plaza Belgrano, el Cabildo, el Complejo Udaondo y el Museo de Transportes como paradas complementarias a pocos pasos del templo.
Pero reducir el turismo religioso argentino a Luján sería, igual que reducir el de las Américas a un solo santuario, quedarse corto. Salta ofrece uno de los circuitos más ricos del país: la Procesión del Señor y la Virgen del Milagro convoca cada año a más de 600.000 personas, y la propia capital provincial propone un recorrido pedestre por siete iglesias históricas de gran valor patrimonial. En Catamarca, la Catedral Basílica y Santuario Nuestra Señora del Valle atrae a devotos de todo el noroeste hacia la patrona provincial. Corrientes suma la Basílica de la Virgen de Itatí, con una cúpula que ocupa el cuarto lugar entre las más altas del mundo y la primera de toda Sudamérica, especialmente concurrida durante la Semana Santa. Y sobre la costa bonaerense, la Gruta de Lourdes de Mar del Plata —réplica de la original en Francia, construida en 1937 sobre una antigua cantera— completa un mapa de devoción que recorre al país de norte a sur.
Con este entramado de santuarios, procesiones centenarias y circuitos patrimoniales ya consolidados en la práctica, la Argentina tiene, dentro del proceso que empujan iniciativas como “Tierra de Fe Viva”, una oportunidad concreta: ordenar institucionalmente una demanda que, según muestran los propios números de Luján, ya existe y ya se mueve, y que solo necesita la misma arquitectura de promoción, conectividad e infraestructura que hoy reciben otros segmentos turísticos del país.
Un negocio que crece con reglas propias.
El turismo religioso no funciona con la lógica de cualquier otro segmento: los propios estudios del sector señalan que los viajeros motivados por la fe suelen ser más fieles a los destinos que visitan que los turistas convencionales, lo que convierte a cada santuario en una base de demanda recurrente antes que en un atractivo de una sola visita. Esa fidelidad, sostenida año tras año por generaciones enteras de peregrinos, es precisamente el activo que las Américas —con Argentina como uno de sus ejemplos más claros— todavía tienen la oportunidad de convertirse en una política de desarrollo turístico estructurada, en lugar de dejarlo librado, como hasta ahora, a la devoción espontánea de sus propios fieles.


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