Un equipo que reserva un hotel entero. Una familia que acompaña al competidor y aprovecha para pasear. Un ciclista que sube a sus redes fotos de un paisaje que casi nadie conoce. El turismo deportivo funciona así: empieza antes de la largada y sigue mucho después de la entrega de premios. Dos destinos argentinos lo muestran a distinta escala en estas semanas.
Gualeguaychú: un mundial con hoteles al límite
La ciudad entrerriana recibe el Campeonato Mundial de Canotaje Maratón con delegaciones de más de 40 países. Desde el área de deportes municipal cuentan que los hoteleros están felices: muchos alojamientos tienen las habitaciones reservadas hace tiempo y algunas delegaciones cerraron hoteles completos. En varios casos la consulta fue directo por cuántos cuartos había para alojar a todo el grupo.
La cifra de deportistas ronda entre 700 y 900, con inscripciones todavía abiertas en algunas categorías. Pero el número de competidores es solo una parte. Cada atleta llega con dos o tres personas de su equipo, entre entrenadores y preparadores, y muchos viajan con la familia. A eso se suman los que vienen solo a mirar: se espera una delegación de unas 60 personas que quiere ver a los mejores del mundo remando a pocos metros. Para el fanático de un deporte, ese tipo de cercanía es difícil de encontrar.
Los alojamientos de toda la ciudad no están al tope, aunque en la semana del torneo la ocupación general ya superaba el 44% a pocos días de la largada. Los efectos se esperan más allá del centro: mientras el deportista compite, la familia recorre. Eso beneficia a pueblos del sur entrerriano como Aldea San Antonio y Aldea San Juan, que quedan a mano para una salida. También juega a favor la cercanía para atletas de países vecinos, que no siempre pueden costear competencias más lejanas.
Fiambalá: una apuesta nueva con el desierto de fondo
En Catamarca la escala es otra. Fiambalá ya tiene una carrera a pie con más de 2.000 participantes, cuya próxima edición será en abril de 2027, y ahora quiere sumar bicicleta. El 2 de diciembre sale una travesía que termina el 9 en Bahía Inglesa, Chile, tras ocho etapas y unos 560 kilómetros, con cruce por el Paso San Francisco y paso por Copiapó el 8.
Se esperan entre 30 y 40 ciclistas, una cifra chica por la dificultad del recorrido y porque es la primera vez. Los organizadores lo plantean como un ensayo. La idea es generar imágenes y experiencia para armar después una carrera de mountain bike en la zona de la Ruta del Adobe, más corta y sin cruzar los Andes, que complemente el evento a pie.
Ahí aparece una de las claves del turismo deportivo: la convocatoria se construye de a poco. Fiambalá lleva 20 años de camino y usa esa historia como respaldo. Su combinación de desierto, cordillera, termas y cultura del adobe atrae a corredores y acompañantes, y Brasil aparece como mercado con potencial: en una edición anterior llegaron tres micros de corredores brasileños.
Lo que falta para convertir interés en reservas
El límite, según los organizadores catamarqueños, es llegar. Contar el destino no alcanza si después el viaje es complicado. En una feria internacional de trail en Europa, varios interesados se desanimaban cuando escuchaban la logística. Por eso, además de generar contenido, la provincia necesita mejor conectividad para que ese interés se convierta en pasajes y reservas.
Una referencia sirve para dimensionar. En el Mundial de Motocross de Bariloche, en marzo, cerca del 70% de los asistentes durmió en hoteles y el gasto promedio por espectador fue de unos $539.600, con visitantes sobre todo de Brasil y Chile. Ninguno de los dos destinos de esta nota tiene todavía una proyección de impacto en dinero, pero las reservas, las delegaciones y el tiempo de estadía ya dan señales claras.
El deporte no reemplaza a la promoción de un destino, pero le da un motivo concreto para viajar en una fecha determinada. Y a veces ese motivo alcanza para que la familia se quede unos días más.


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