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27 octubre, 2026
buque insignia de Antarpply, el Ushuaia

Antártida desde Ushuaia: así se vive el viaje al último gran territorio salvaje del planeta

Cruzar el Drake, avanzar entre témpanos y caminar a pocos metros de una colonia de pingüinos. Una expedición al continente blanco desde el puerto más austral del mundo tiene tanto de aventura como de aprendizaje, y casi nunca sigue el guion previsto.

Hay viajes que se planifican con precisión de relojero y otros que se negocian con la naturaleza. La Antártida pertenece, sin discusión, al segundo grupo. Cada verano austral zarpan desde Ushuaia los barcos que cruzan el Pasaje de Drake, se abren paso entre el hielo y dejan a sus pasajeros frente a pingüinos, focas y ballenas. La experiencia combina aventura, contemplación y una cuota de incertidumbre que, con los días, termina siendo parte del atractivo.

Una expedición no es un crucero

Uno puede embarcar con un programa impreso, una lista de lugares soñados y el plan de cada jornada. Alcanza con atravesar el Canal Beagle y poner proa al sur para que el viento, el hielo, el oleaje y el pronóstico empiecen a tomar las decisiones. Esa es la diferencia entre un crucero convencional y una expedición polar: el capitán y el equipo ajustan el rumbo según lo que el mar permita, y el itinerario es una propuesta, nunca una promesa.

Cambiar de plan en la Antártida rara vez significa perder algo. Un desembarco suspendido por el clima puede convertirse en una navegación entre icebergs. Una ruta cerrada por el hielo deja abierta otra que nadie había previsto. Una ballena que aparece junto al casco reordena el día entero.

Ushuaia, la puerta de entrada

A unos 1.000 kilómetros de la Península Antártica, Ushuaia es el punto de partida de alrededor del 90% de los viajes turísticos que llegan al continente. El dato explica por qué su puerto es el segundo del país en movimiento de cruceros, detrás del de Buenos Aires. El balance de la temporada 2025/2026 contabiliza más de 60 buques y unos 135.000 pasajeros, entre expediciones antárticas, cruceros de lujo y recaladas regionales.

El vínculo es viejo. Cada 16 de enero la ciudad celebra el Día del Turismo Antártico, en recuerdo del primer viaje turístico que salió desde su costa, en 1958.

Quien viaja desde Buenos Aires llega tras algo más de tres horas de vuelo, y conviene no apurarse. Ushuaia merece uno o dos días antes del embarque: la navegación por el Canal Beagle con sus lobos marinos y el faro Les Eclaireurs, los senderos del Parque Nacional Tierra del Fuego o el Tren del Fin del Mundo son un buen precalentamiento para lo que viene.

El Drake: la prueba de fuego

Para buena parte de los viajeros, el Pasaje de Drake es la primera gran historia que van a contar al volver. Son unos 800 kilómetros de mar abierto entre el Cabo de Hornos y las islas Shetland del Sur, sin una sola masa de tierra que frene el viento o el oleaje. Se navega cerca de dos días en cada sentido. En los peores momentos las olas superan los diez metros; en los mejores, el barco avanza sobre un agua tan quieta que los habitués hablan del “Drake Lake”. Los otros, los del “Drake Shake”, prefieren no hacer comparaciones. Nadie sabe cuál le tocará hasta estar adentro.

Hay además una frontera invisible, la Convergencia Antártica, donde las aguas frías del sur se encuentran con las más templadas del norte. Al cruzarla cambian la temperatura del mar y del aire, y también el paisaje animal: los albatros empiezan a seguir la estela del barco.

Esos primeros días a bordo no se pierden. El equipo de expedición aprovecha para explicar la geografía, la fauna, la historia y las normas ambientales del continente que está por visitarse. Y la ansiedad tiene un punto de quiebre muy preciso: el primer hielo. Un témpano lejano, después otro, y de a poco montañas, glaciares y mar pasan a formar una misma escena. Ahí ya no quedan dudas.

Zodiac y desembarcos, el verdadero corazón del viaje

Ver la Antártida desde la cubierta es hermoso, pero la expedición empieza cuando se baja del barco. Las Zodiac, esas pequeñas lanchas neumáticas, llegan a costas, canales y glaciares donde un buque grande jamás podría operar. En el caso de Antarpply Expeditions, la compañía argentina que opera desde Ushuaia, se intenta hacer hasta dos salidas por día, de unas tres horas cada una, siempre que las condiciones lo permitan.

Una mañana puede arrancar caminando entre nieve y roca junto a un pingüinero. Unas horas más tarde, el programa se transforma en una navegación entre icebergs o en la observación de una ballena desde la lancha. Los itinerarios clásicos recorren el sector noroeste de la Península Antártica y las islas Shetland del Sur, con paradas habituales como la caldera volcánica inundada de Isla Decepción o la histórica base de Puerto Lockroy, convertida en museo y oficina postal.

Fauna: se mira, no se toca

Durante el verano austral la actividad animal es intensa. Hay colonias de pingüinos, aves marinas, focas y distintas especies de cetáceos, entre ellas ballenas jorobadas, minke y orcas. Ningún encuentro está garantizado, y esa honestidad forma parte del trato.

Las reglas de visita son estrictas. No se alimenta ni se toca a los animales, se respetan distancias mínimas (alrededor de cinco metros de los pingüinos) y se aplican protocolos de bioseguridad, como limpiar botas y ropa antes de cada desembarco para no introducir semillas ni microorganismos. Hay también un tope de unas 100 personas en tierra al mismo tiempo en cada sitio, y los buques de más de 500 pasajeros no realizan desembarcos. La Antártida funciona con una paradoja simple: cuanto más extraordinario es el lugar, menos debería notarse que alguien estuvo ahí.

Cómo se vive en un barco polar

Buena parte de la aventura transcurre puertas adentro. El buque insignia de Antarpply, el Ushuaia, fue construido originalmente para la agencia estadounidense NOAA y luego adaptado para expediciones. Mide 84,73 metros de eslora, navega a unos 12 nudos y aloja hasta 90 pasajeros en 46 cabinas y suites, con unas 40 personas más entre tripulación y equipo. Cuenta con ocho Zodiac, comedor, salón de observación y conferencias, bar, biblioteca y cubiertas abiertas. Tiene además una política de puente abierto, que permite asomarse al trabajo diario de la navegación polar.

En las horas de travesía hay charlas y briefings, y cada noche el equipo anticipa lo que podría pasar al día siguiente. Siempre con reservas. Ese “podría” se escucha tanto que termina siendo el lema informal de la expedición. Quien viaja esperando un cronograma minuto a minuto tendrá que cambiar de lógica, y casi siempre lo agradece.

Lo que se pregunta quien viaja por primera vez

Los responsables de la compañía coinciden en las dudas más frecuentes.

¿Hay que ser aventurero? No. La mayoría de los pasajeros no son montañistas ni exploradores. Alcanza con una movilidad razonable para subir y bajar de las Zodiac, caminar por terreno irregular y, sobre todo, ganas de adaptarse.

¿Qué sorprende más? La escala del paisaje y el silencio. Las fotos transmiten una parte; frente a un glaciar, la dimensión real es otra.

¿Cuál es el error típico del primerizo? Creer que todo ocurrirá tal como figura en el itinerario. Las decisiones finales las toma el capitán según clima, hielo y condiciones de cada sitio, y esa flexibilidad es justamente lo que permite aprovechar mejor el viaje.

¿Conviene llegar a Ushuaia el día del embarque? No. Lo recomendable es hacerlo con uno o dos días de margen, porque un retraso aéreo puede significar perder el barco, y un barco así es difícil de reemplazar.

¿Y el mareo? Varía mucho de persona en persona y de viaje en viaje. Lo sensato es consultar antes con un médico sobre las opciones disponibles. En cuanto a las cabinas, cuanto más bajas y más cercanas al centro del barco, menos se siente el movimiento; las superiores ofrecen mejores vistas, pero transmiten más el vaivén.

¿Cuál es el momento que más se recuerda? Casi nunca es uno solo: el primer iceberg, el primer desembarco, la ballena junto a la lancha o un rato en cubierta sin hablar. Cada viaje termina armando su propia historia.

Cuándo viajar: la temporada mes a mes

La temporada antártica va de noviembre a marzo, y cada tramo ofrece algo distinto. En noviembre y principios de diciembre el paisaje se ve más puro, con nieve virgen, y los pingüinos están en plena etapa de cortejo y construcción de nidos. De mediados de diciembre a enero llegan los días más largos, con hasta 20 horas de luz, temperaturas que rondan el cero y los primeros pichones. Entre febrero y marzo las crías ya están crecidas, empiezan a emplumar y se dan las mejores chances de ver ballenas, además de un mayor acceso a zonas del sur por el retroceso del hielo marino.

No hay un mes perfecto. Depende de si importa más la nieve intacta, la actividad de anidación, la luz o los cetáceos. Lo único seguro es que ninguno garantiza un Drake tranquilo.

Antes de embarcar

Hay recomendaciones que parecen menores hasta que llega el día de viajar. Llegar a Ushuaia con 24 o 48 horas de anticipación es la primera. Contratar un seguro de viaje adecuado, que contemple asistencia médica y eventual evacuación, es la segunda. La tercera es vestirse en capas, para regular la temperatura sin esfuerzo. Y conviene averiguar con cada operador qué equipamiento específico, como botas o ropa exterior, está incluido y cuál hay que llevar.

La fotografía merece un párrafo aparte. El paisaje invita a mirar todo a través de una cámara, y muchos viajeros descubren tarde que sus mejores recuerdos llegaron cuando la guardaron.

Lo que viene: barcos más chicos, grupos más pequeños

La compañía argentina prepara una nueva etapa con el MY Aureum, un barco de expedición boutique para apenas 36 pasajeros, con propulsión híbrida diésel-eléctrica. Su operación antártica está anunciada para la temporada 2027/2028. La diferencia no es solo de comodidad. En expediciones polares, un grupo reducido agiliza el pasaje entre barco, Zodiac y costa, y deja más margen para sostener una operación flexible. Es parte de una tendencia clara del turismo de expedición: embarcaciones más pequeñas y más tiempo fuera de ellas.

También crecen las alternativas más largas, como las expediciones que intentan llegar al Círculo Polar Antártico, navegar hacia el mar de Weddell o combinar la Península con Georgia del Sur.

Un destino que crece y que pide cuidado

El interés se nota en los números. En la temporada 1993/94 desembarcaron unos 8.000 pasajeros en la Antártida. En 2023/24 fueron casi 79.000, y si se suman quienes navegaron sin bajar a tierra, se superaron los 122.000 visitantes. Por eso pesa tanto quién opera. La Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida (IAATO) reúne a las compañías que trabajan bajo protocolos de seguridad y protección ambiental, y en 2025 contaba con 51 miembros plenos y cuatro provisionales. Antarpply forma parte desde hace más de 20 años. El marco mayor es el Protocolo de Madrid, vigente desde fines de los años 90, que define a la Antártida como reserva natural consagrada a la paz y la ciencia.

Después de días de olas, viento y logística, llega un momento difícil de explicar a quien no lo vivió. Durante unos minutos no pasa nada. No suena un teléfono, no hay autos, ni carteles, ni edificios. Solo agua, hielo, montañas y, con suerte, algún pingüino que todavía no sabe bien qué somos.

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