En el extremo noroeste de La Rioja, donde la cordillera de los Andes se vuelve puna y el aire empieza a escasear, hay un paisaje que parece no pertenecer a este mundo. Se llama Laguna Brava y es, sin exagerar, uno de los rincones más sobrecogedores del oeste argentino: un espejo de agua verdosa bordeado de sal y nieve, custodiado por volcanes inactivos de más de 6.000 metros y habitado por cientos de flamencos rosados que parecen flotar sobre el filo del cielo.
Un santuario natural en la Puna riojana
Laguna Brava es un sistema de lagunas altoandinas de aguas salinas e hipersalinas, de escasa profundidad, con bofedales y vegas asociadas, ubicadas por encima de los 3.000 metros sobre el nivel del mar. El área ocupa tierras de las provincias fitogeográficas Puneña y Altoandina, con altitudes que van desde los 2.500 hasta los 4.500 metros. Según el punto donde se la observe, la laguna puede estar a más de 4.200 msnm, lo que la convierte en uno de los humedales de mayor altura del país.
La reserva fue creada en 1980 con el objetivo principal de preservar las comunidades de vicuñas y guanacos, que se encontraban al borde de la extinción como consecuencia de la caza furtiva. Hoy, ese esfuerzo de conservación es una de las postales más celebradas de la Ruta 40 riojana. Desde 2003, además, el sitio integra la lista de humedales Ramsar, por su valor como reserva de biodiversidad a nivel internacional.
Flamencos, vicuñas y un paisaje que cambia de color
Entre septiembre y marzo es el momento en que la zona recibe a los flamencos rosados, que llegan a instalarse en las aguas salinas junto a otras especies acuáticas. La laguna alberga poblaciones estivales de aves altoandinas endémicas o amenazadas, como el flamenco de James y el flamenco andino, con eventos de nidificación de ambas especies. También pueden observarse patos barcinos, patos crestones, guayatas y gallaretas cornudas.
Pero las aves no son las únicas protagonistas. La reserva funciona como refugio de vida silvestre, principalmente de camélidos como la vicuña y el guanaco, y también es posible cruzarse con pumas y zorros mientras se recorre el circuito. El entorno es igual de imponente: la laguna está enmarcada por montañas como el Bonete Chico (6.759 m), el Bonete Grande (5.945 m), el Veladero (6.436 m) y, ya más lejos, el volcán Pissis, uno de los más altos de América.
Historia inca, arrieros y un camino hacia Chile
El paisaje no solo impresiona por su belleza: también tiene memoria. La región fue utilizada históricamente por los incas como vía de tránsito hacia Chile y como enclave para la dominación de las poblaciones locales trasandinas. En el área existen valores culturales de peso, como restos arqueológicos, tamberías o tampus incaicos, e incluso plataformas ceremoniales en la cumbre del volcán Veladero, cuyo origen aún no ha sido determinado con precisión.
Siglos más tarde, a mediados del siglo XIX, arrieros que trasladaban ganado hacia Chile construyeron refugios de piedra para protegerse del clima extremo de la zona, conocidos como los refugios de Sarmiento. Esas construcciones, que todavía se mantienen en pie, son hoy parte del recorrido y uno de los testimonios más fuertes de lo hostil —y a la vez transitable— que fue siempre este territorio.
Las leyendas que rodean la laguna
Ningún paisaje tan extremo se queda sin sus historias. Junto a uno de los refugios de piedra descansan los restos de un hombre al que todos llaman “el Destapadito”. No se sabe con certeza si fue un arriero, un fugitivo de la Justicia o simplemente un viajero, pero su cuerpo fue hallado allí, probablemente tras morir de frío. Quienes lo encontraron lo cubrieron con piedras, ya que la tierra congelada era imposible de excavar. Sin embargo, cada vez que alguien volvía a pasar por el lugar, el cuerpo aparecía descubierto otra vez. La escena se repitió tantas veces que la gente dejó de tapar los restos y comenzó a llamarlo “El Destapado” o “Destapadito”; con el tiempo, algunos viajeros le rezan, le dejan ofrendas y le piden favores, convencidos de que su presencia sigue habitando la montaña.
Hay otra leyenda, de raíz más antigua y religiosa, que explica el propio nombre del lugar. Cuenta la tradición oral que una hacendada correntina, que había recuperado milagrosamente la vista gracias a la Virgen de Itatí, viajaba a cumplir una promesa cuando ocurrió una tragedia: toda su caravana pereció en medio de una tormenta. Desde entonces, la laguna quedó bautizada como “Brava”, en referencia al castigo que, según la creencia popular, habría caído sobre la blasfemia de la mujer.
A esto se suma un misterio más reciente y no menos intrigante: los restos de una avioneta que cayó en medio de la laguna hace décadas, y cuya historia completa todavía hoy genera versiones distintas entre guías y pobladores de la zona.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
La puerta de entrada al circuito son las localidades de Villa Unión y Vinchina, ubicadas a 275 km y 350 km de la ciudad de La Rioja, respectivamente. El acceso habitual se realiza desde Villa Unión, tomando la Ruta Nacional 76 y atravesando la Cuesta de la Troya. Desde Vinchina, el trayecto hasta la laguna insume entre dos y tres horas, por un camino en gran parte asfaltado y con tramos de ripio en buen estado.
Antes de llegar a la laguna se pasa por Alto Jagüé, un paraje de apenas un par de cientos de habitantes que funciona como control de acceso a la reserva. Vale la pena saberlo de antemano: la visita requiere el registro ante los guardafaunas del lugar, y lo más recomendable —muchas veces obligatorio— es hacer el recorrido con guías autorizados y en vehículos con doble tracción, dadas las condiciones del terreno y la altura.
La mejor época para el avistaje de flamencos rosados se extiende de septiembre a marzo, cuando el clima es algo más benévolo y la fauna acuática se concentra en la laguna. Aun así, el frío y el viento son protagonistas durante todo el año, por lo que se recomienda abrigo adecuado, hidratación permanente por la altura, y paciencia: cada kilómetro de este camino se paga con paisaje.
Para quienes buscan una experiencia que combine naturaleza extrema, historia precolombina y esas leyendas que solo sobreviven en boca de los lugareños, Laguna Brava es una cita ineludible en cualquier recorrido por el oeste riojano. Un lugar donde el silencio absoluto, la sal y el rosa de los flamencos se combinan para dejar una de las postales más inolvidables de la Argentina.


Más Historias
El Bosque Tallado: Esculturas en Árboles Quemados en las Alturas de El Bolsón
Fuerte Quemado: Arqueología Viva en los Valles Calchaquíes
San Francisco, el pueblo jujeño que esconde termas, cañones y selva virgen a un trekking de distancia